La ola, también contra el Majzen rabatí

Cerraba provisionalmente la semana con dos balances de escalofrío en las protestas sociales del mundo árabe contra el estado de cosas imperante en las parcelas estatales agavilladas por la Liga Árabe. Uno había sido el de Bahrein, donde la respuesta a sangre y fuego en Manama, la capital, contra el gentío concentrado en la Plaza de las Perlas, acabó por fracasar al reconocer el sistema su impotencia, sacrificando el acosado poder reinante – plegado a la lógica de la propia subsistencia – al Gobierno, que había fracasado con el látigo policial y la fusilería militar, además de abrirse a discutir las bases constitucionales del enfrentamiento, en la raya misma del poder de la Monarquía local. Cuyo fin se ha reclamado por su incapacidad para la justicia social y la equidad política con las mayorías.

Parecido orden de desenlace al que se ha bosquejado en Bahrein es el que ya se consolida en la Libia de Gadafi, en Bengasi, donde el balance de la represión alcanza cotas de 200 muertos, indeterminado número de detenidos (muchos extranjeros) y heridos, sólo previsibles en la medida que, desde informaciones aproximabas, se podía ya pensar de cuánto sería capaz la dictadura de síntesis en que consiste el régimen gadafiano. Un embrión ya maduro de tiranía totalitaria, al estilo de Pyongyang, de formato hereditario. Como también podría haber sido en Egipto con los Mubarak y tal como es en la Siria de los Assad.

Tenía Gadafi hasta ahora, para mejor control de todas las tuercas de su aparato de poder, a los Imanes en plantilla – pues el de Libia es un integrismo de ida y vuelta, en el que la política se confunde con la religión; aunque en el caso del omnímodo beduino, éste es el referente para la fe y no la palabra del Profeta. De ahí que las exégesis del Corán como guía de la verdad política se hicieran hasta ahora conforme las consignas del autor del Libro Verde. El crujido ocasionado por la ola de las protestas ha sido tanto que los Imanes, en este último viernes, han desobedecido y replicado. Además, la base tribal en última instancia del poder de Gadafi puede haberse evidenciado especialmente en Bengasi, separado 1.000 kilómetros de Trípoli, la capital, y que a última hora se presentaba como el primer frente de resistencia a la autoridad del régimen.

En Argelia, la cuenta de la protesta ha sido proporcional a la escala de medios que se han vuelto a desplegar  desde el Gobierno, superando incluso los términos del viernes anterior, pues si entonces fueron 30.000 los policías desplegados, en esta ocasión han sido 40.000. Así, cualquiera. También es cierto que el régimen argelino trae algo más que un simple rodaje en las tareas de seguridad y control de de la población, dado el régimen de emergencia en  que se encuentra el país desde el golpe de Estado de 1992, en el que el Ejército decapitó la victoria electoral conseguida por los islamistas del FIS, y como conseuencia de lo mismo la sangrienta guerra civil que sobrevino después.

A este respecto cabe la consideración de que en el tiempo de la postguerra fría, el islamismo  radical en el mundo árabe ha jugado, reactivamente, el mismo papel desempeñado por el sovietismo en el ámbito iberoamericano. Es decir, han generado los sistemas autoritarios del más variado pelaje, que han sido tolerados en unos casos y apoyados directamente en otros por las potencias occidentales. Y en el capítulo siguiente estamos ahora. En ver de qué modo y manera se van desmontado tales andamiajes para dar paso situaciones de libertad, de referente democrático, sin que ello sea aprovechado por los islamistas radicales.

En ese cruce de caminos se encuentra también Marruecos, donde pesa más la singularidad del sistema oligárquico que envuelve los muy singulares poderes del Miramamolín de turno con el formato del Majzen. O sea, algo así como el tendido superior de cables  por donde circula la corriente superior de la corrupción económica y la manipulación política que reduce a fantasmagoría la supuesta moderación del sistema jerifiano.

Contra eso iban ayer los miles de manifestantes que no sólo se han echado a la calle en Rabat y Casa Blanca sino también en Fez y Marraquech. Libertad, Dignidad y Justicia eran las cosas que coreaban los manifestantes en las dos primeras ciudades de Maruecos, y que también pedían la limitación de los poderes del rey a través de una reforma de la Constitución, para que éste sólo reine y no gobierne al mismo tiempo. ¡Casi nada! Quieren los marroquíes que se manifiestan no sólo un monarca constitucional, no absolutista, sino también que sea una institución política y no, simultáneamente, religiosa.

En ninguno de los capítulos habidos en esta oleada de cambio dentro del mundo árabe, se había pedido tanto con en Marruecos. Tanto como la amortización política e histórica de Miramamolin.