La ola de la protesta moja a Gadafi

Por Bengasi, segunda ciudad de Libia, la ola africana del cambio ha mojado a Gadafi. ¿Será porque están viejos y jubilados los cuadros de la Stasi de Walter Ulbrich (el penúltimo dictador comunista de la Alemanioa Oriental) que permitían al coronel beduino tener a los libios en un puño y a las moscas en vuelo suspendido?

En horas de la madrugada española de ayer, en Bengasi, unos centenares de manifestantes se echaron a la calle para protestar contra el saqueo y el mutismo establecidos. Allí, en Libia, en medida sensiblemente mayor que en Egipto y que en Túnez, prácticamente igual que en Argelia y mucho más que en Marruecos. El blindaje de la dictadura líbica era apabullante, pero ya no lo es.

Si la eficacia policial y represiva del gadafismo subsistiera como estuvo durante tantos años, y no se encontrara en tan manifiesta obsolescencia, no podría haber entrado por el golfo de Sirte. Pero tampoco está tan decaído el control como para que la ola contestataria de ahora entrara por allí igual que el tsunami provocado por la desaparición volcánica de la mitad de la isla griega de Santorini.

Aquella erupción vació en primera instancia el tramo norte del Mar Rojo (enlazado entonces con el Mediterráneo) y permitió que el pueblo de Israel, con Moisés al frente, pudiera escapar, en su huída de Egipto, de las tropas del faraón: ahogadas luego en el segundo compás del fenómeno telúrico, al regresar, por donde ahora está el Canal de Suez, las aguas que se habían retirado.

No podría esta ola libertaria de ahora, digo, haber entrado en la Libia de hace 15 años. Al sistema gadafiano no le habría salpicado ni una gota. En esta situación de ahora, sin embargo, el primer aviso puede haber alcanzado la sala de máquinas, y en todo caso ha permitido saber que el instrumental de seguridad actual no tiene nada que ver con lo que fue.

El reparto de auxilios económicos, cestas como los que hacían las Damas de San Vicente de Paúl hace 80 años, y que ahora preparan gobiernos tan distintos y tan poco distantes entre sí como son los de Argelia y Marruecos – o tan alejados como Yemen, Bahrein y la República Islámica de Irán -, es aplicado como antídoto de esa gripe libertaria, justiciera y pandémica cuyo final de trayecto no se avizora. Ya se habla del tapón generacional en el África subsahariana, a punto de saltar, y de los niveles de saturación social y política alcanzados en paraísos progresistas americanos como la Venezuela chavista, donde en los estratos superiores del poder, se amanceban – según versiones aborígenes – el rojo de la ideología y el blanco de la cocaína.

Pero no hay que irse geográficamente tan lejos y políticamente tan cerca, como lo están entre sí la Venezuela de Chávez y el Irán de Ahmadineyad, el más compacto híbrido retro-progresista que vieron los tiempos modernos. Siguiendo el ejemplo de la delicada democracia argelina – que ha patentado las manifestaciones de policías – los Guardianes de la Revolución, de los que el presidente Ahmadineyad es cofrade mayor, ha organizado para mañana en Teherán una macro-manifestación de partidarios del régimen contra el vicio de la libertad política, representada en este caso por los ayatolás Musavi y Karrubi, que se declaran opuestos al Gobierno y fieles a los ideales de la revolución de 1979.

La maniobra iraní de disuasión que inspira esta convocatoria de mañana, y que arrastra el precedente opuesto de la manifestación habida ayer, desde el entierro del estudiante muerto en la protesta del lunes, corre el riesgo de fracasar en su propósito de disuadir exhibiendo la fuerza gubernamental, si la que le siga, organizada por los liberales, reúne un número mayor de participantes.

De todos modos, lo que viene a demostrar este establecido pulso de fuerza es que la llegada de la ola norteafricana a Irán está alterando –acaso por su propia base – la dialéctica establecida en 2009, con la revuelta popular contra el pucherazo en las urnas para la reelección de Ahmadineyad. Al lado de lo que pueda pasar por el impacto en Irán por la onda revolucionaria norteafricana, lo que ocurra políticamente en Libia – descontado el efecto petróleo, al igual que en Argelia – será de efectos sustancialmente más limitados.