Entrampado Berlusconi

La petulancia, la intemperancia y la supuesta indecencia de Silvio Berlusconi han acabado por llevarle ante los jueces, no sin la ayuda del juicio paralelo al que ha sido sometido unos días antes de la cita procesal a la que ha sido emplazado para el próximo mes de abril en el Milán de sus desgracias, puesto que fue allí, en la plaza del Duomo donde un individuo con problemas mentales, en diciembre de 2009 y tras de un mitin, le partió literalmente la boca con un recuerdo en yeso y plástico de la catedral milanesa.

Lo sucedido antes de que la jueza Cristina Di Censo, le emplumase con una instrucción procesal tan empedrada de evidencias –dice- que le llevaron a esquivar la audiencia previa, el presidente del Consejo de Ministros italiano; esa manifestación montada por las izquierdas que no consiguieron tumbarle en las últimas elecciones, y la razonable reacción feminista contra los hechos que se le imputan de prostitución de menores, tan escandalosos como los cargos de abuso de poder relacionado con lo mismo; esos hechos lo que hacen antes que nada es ilustrar sobre el estado de Kilombo que en Buenos Aires dirían, en que se encuentra la política italiana desde que este personaje se convirtió en protagonista estelar de ella y sus extramuros.

También, sobre el abigarrado colorido de un tema que es bien serio ya en si mismo, al margen de cual sea el veredicto de los jueces; por encima del escándalo causado por un personaje de tan atípicos perfiles como Berlusconi, no se debe pasar por alto (aunque sólo sea por el principio del “in dubio pro reo”) el hecho de que el poder de los jueces italianos, derivado de la no existencia de aforados por condición de sus cargos, principalmente los componentes del Gobierno, no es garantía suficiente de independencia mayor y de más cumplida transparencia de la Justicia. Pues la vulnerabilidad e indefensión de ésta frente a la intromisión de la política en sus dominios, supone un dato que jamás ha de ser descontado.

Hay algo más que circunspección en lo que el sistema judicial pierde. Es seguridad jurídica aquello que en gran medida se esfuma para cuanto concierne al mundo de la política. Pocas dudas caben de que si en Italia hubiera de ser el Tribunal Supremo u otra instancia superior, y no un simple juez de instrucción, la que hubiera de decidir si se procesaba o no a cualquier miembro del Consejo de Ministros, incluido quien lo preside, o a un simple diputado, la confianza en la seriedad del proceso y en su propia base sería radicalmente distinta. El tufillo a vodevil no sobrevendría tan fácilmente como lo hace en el juego de la vida pública italiana.

El bien ajustado equilibrio de los poderes del Estado es de importancia primordial para que el Estado funcione y para que las libertades individuales circulen ordenadamente. Lo mismo que las responsabilidades de todos, desde el hombre de la calle al diputado, y desde éste al Primer ministro. Por eso mismo, si el procesamiento de Silvio Berlusconi partiera de otras condiciones de encausamiento, todo aparentaría más seriedad que esta que presenta. Posiblemente también, personajes del corte del ahora encausado tampoco habrían llegado a dónde el mismo lo ha hecho. El miedo y el respeto guardan la viña y la decencia en lo público y en lo privado.