Crepúsculos en Irán y Egipto

Vespertino es el de Egipto, con ajustes de autoridad desde el Estado para que el orden se asiente con la bajamar de la marea equinocial. En la línea divisoria entre la demolición del orden representado por Mubarak y el inicio de la construcción del sistema nuevo. No necesariamente opuesto al demolido allí porque el Ejército será el puente que una y a la vez sostenga las dos orillas. Una de 18 días y otra de seis meses. Suspendida la Constitución desde ya mismo, se abre un vacío de medio año en el plano de la legalidad última, con lo que ya se abrió el turno de los recelos y las suspicacias. Por ello y por la lógica subsistencia del estado de excepción.

En la mañana de ayer la policía militar barría los últimos restos de Plaza Tahrir, donde se preguntaba en voz alta qué va a pasar, de aquí a que se convoquen elecciones presidenciales y parlamentarias y desde ahora mismo hasta que se le levante la excepcionalidad. Mientras que las interrogantes sobre lo político se acompañan de las reclamaciones desde lo social, con manifestaciones y huelgas en el sector privado y el público, especialmente en la policía con la que el mubaraquismo reprimía.

Todo eso corresponde al orden de las consecuencias de lo sucedido en Egipto durante 18 días, mientras en Argelia se convoca una nueva movilización; en Yemen reaccionan los partidarios del acosado Gobierno, que se lían a palos y navajazos con los acosadores. Y en tanto al norte del Estrecho de Ormuz, se viven vísperas de algo más que cuchillos, al insistir la oposición de los Musavis y los Kharrubi (este último retenido en su domicilio por cerco policial) en manifestarse para celebrar la cursante victoria de la libertad en tierra de los faraones.

El régimen iraní – que por boca de Alí Jamenei, el tullido sucesor del Gran Ayatolah Jomeini, se apresuró a mostrar su facilidad para confundir la realidad con sus propios deseos, saludando los días del acoso a Mubarak con la aurora del islamismo en el país del Nilo -, es un sistema opresivo enfrentado ahora con lo que significa la apuesta popular por las libertades, cuando tal apuesta se ve asistida por el beneplácito del Ejército. De ahí que desde el fondo de la más profunda contrariedad, la casta dominante en la República Islámica de Irán reitere el aviso de que esa manifestación está prohibida, para que no derive contra el propio régimen instalado a la caída del Sha.

Pero lo más significativo de todo es que la advertencia a los posibles manifestantes no la haya hecho el Gobierno de Irán, presidido por Ahmadineyad, sino los Guardianes de la Revolución – de los que Ahmadineyad procede -, que forman tanto como el blindaje pretoriano del sistema. Receloso éste de que el Ejército se pase al otro lado, de la misma manera que en 1979 se pasó al suyo propio para dar el golpe de Estado.

Visto lo que pase en las próximas horas, o pueda pasar o en los próximos días, cabe colegir que el mundo de los ayatolás pueda sentire en los albores de su propio declive, tras de las represiones postelectorales de 2009, por el impacto de otro proceso revolucionario doblemente sincrónico con el de Egipto. Pues Mubarak subió al poder en el mismo periodo en que Jomeini se instaló en el suyo. Aunque dicho lo que precede es preciso reconocer que los rigores policiales del mubaraquismo fueron pellizcos de monja comparados con la suerte de nazismo islámico, de las SS iraníes en que consisten los Guardianes de la Revolución y a los que se ha encargado que sieguen en flor los preparativos de cualquier manifestación.

Irán y Egipto son en el Oriente Medio dos potencias simétricas y opuestas por el vértice, tanto en lo político-militar como en lo concerniente al petróleo. Igual que uno con el Estrecho de Ormuz, tiene la puerta del Golfo Pérsico, dispone el otro con el Canal de Suez del enlace entre el Índico y el Mediterráneo. Ambos puntos nodales para la navegación internacional repercuten especulativamente en el precio del oro negro. ¡Como para perderlos de vista!

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