En Argel se manifestó la Policía

Mientras los manifestantes egipcios de Plaza Tahir, en El Cairo, se aplicaban a la limpieza del palenque de su victoria  – de efectos cruciales en la secuencia del gran cambio político en el mundo árabe -, los manifestantes argelinos que el domingo intentaron reunirse en la Plaza del 1 de Mayo, se encontraron cortadas las líneas de comunicaciones, ferroviarias y por carretera, y los 10.000 que estaban en la capital, al llegar a la citada plaza cuantos lograron pasar los filtros policiales de los entornos, se toparon con la brutal proporción de tres a uno en su contacto con los servidores del orden político establecido. Eran los manifestantes 10.000 y 30.000 los policías, unos de uniforme y los otros de paisano.

Imposible una expresión más enfática e ilustrativa de los niveles de alerta en el que el régimen ahora pilotado por el presidente Buteflika, se encontraba instalado ante la prevista llegada  del tsunami contestatario a las costas de Berbería. El soporte legal de esa eficacia represiva no es otro que la propia normativa que el presidente prometió derogar cuando vio la que se le venía encima con la consolidada revuelta de la vecina Túnez; anuncio de apertura que acompañó con la salvedad de que el cambio excluiría a la capital del país. En Argel seguiría vigente la bota malaya para todos so pretexto del islamismo; bien que la excusa, lejos de servir como disuasión frente al islamismo radical/terrorista, más parece que valga para lo contrario.

Nunca parece más verdad aquello de Lord Acton de que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, tal como se desprende de las historias que vienen empedrando de contrapunto escandaloso – al tiempo que moralizador si es que algo de esto faltara – en la crónica de los derrumbes políticos que llegan saneando los Estados del norte de África. Saneando y mostrando al mundo qué son dictaduras y dictadores de verdad. Luego de Ben Alí, asido a la copla/coartada del islamismo, se cuenta ahora la acumulación de riquezas en manos de la familia de Buteflika, al igual que en el entorno familiar de Mubarak, de quien se dice que es investigado peniariamente desde Londres.

Pero a propósito del depuesto Mubarak y de su salida del poder, empujado por el sostenido clamor en su contra de las muchedumbres egipcias, es de resaltar en la actualidad de ahora mismo los significativos incidentes habidos en El Cairo durante el desalojo de los últimos componentes de la masa coral de Tahrir. Hubo sus más y sus menos entre éstos y los soldados que presionaban para que dejaran expedita del todo la plaza. Comienza la hora de los desacuerdos.

Todo se explica. Saber qué se quiere, entre muchos o entre pocos, es infinitamente más difícil que saber y conocer qué no se quiere ni desea. Constatarlo, para los egipcios que clamaban unidos y unánimes frente a Mubarak, es algo que está al final del camino recién abierto para la aventura de la transición. El Ejército sigue aportando facilidades luego de suspender la Constitución para que ésta y todo de los demás procedente de la situación anterior no sea obstáculo ni condicionante de los consensos a que se llegue entre las fuerzas políticas representadas en los 18 días que fueron un clamor masivo por el cambio.

Lo que sí parece saberse ya es que la recién despejada Plaza de Tahir, de la Liberación, es el kilómetro Cero de un proceso constituyente; proceso basado en el consenso que habrá de surgir de la averiguación, promedia y representativa, de lo que quieren las mayorías más relevantes de los egipcios. Tienen éstos, podría decirse exagerando quizá demasiado, una reserva nacional de cinco milenios. Podría valer como fondo de garantía…

En Argelia, un sovietismo residual no parece garantía de nada si la protesta contra la tramoya pseudos-nacionalista logra ponerse de pie y plantar cara al Estado policíaco.

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