La marcha de Mubarak

Al irse Mubarak el poder no lo ha dejado en la calle, aunque fuera la calle quien pedía que se fuera. El “rais” ha devuelto el poder al Ejército, puesto que éste es el estamento que lo promovió y luego lo sostuvo. Lo demás era tramoya: el partido del presidente y las elecciones; todo. Regresa pues el poder a las mismas manos que lo habían entregado a Mubarak desde 1981. De la jefatura del Ejército había salido un día antes la promesa a las multitudes, que casi podría decirse han hecho tanto como cambiar el curso del Nilo, y si no del todo, sí mudado el delta de emplazamiento. “Lo que queráis se cumplirá”, dijo quien podía hacerlo. Y se ha cumplido.

Quizá antes que otra cosa habría que preguntarse ahora sobre si la marcha de Mubarak significa por si misma el cambio de régimen político en Egipto. Si el régimen fuera el “mubaraquismo” diríamos que sí. Pero si el régimen de verdad es el que definen el poder y el peso del Ejército, habremos de decir que no. El distingo no es baladí. Las Fuerzas Armadas egipcias son el sostén del Estado, por no decir el Estado mismo. Por lo cual más que garantes del proceso de transición a una democracia genuina, por libertad y por transparencia, van a ser protagonistas de la transición misma.

Serán ellas quienes negocien con la sociedad civil el cambio hacia una superestructura política nueva. Y lo harán, casi con toda seguridad, por medio de Omar Suleyman, el vicepresidente de Egipto. Es el personaje que tiene en sus manos todos los hilos de la trama y todas las claves de la situación. Aunque lo nombró Mubarak éste lo hizo por delegación del mandante de fondo que no era otro, desde hace 18 días, que el Ejército.

Lo inmediato habrá de ser que las multitudes, tras de las prolongadas horas de alegría, regresen a su casa. Y con ello, que las fuerzas políticas que dialogaron con Suleyman sin mayor provecho que el de operar como válvulas de seguridad, para que por alguna parte drenase la tensión generada en la Plaza de la Liberación, dentro de El Cairo, y en todos los demás espacios de encuentro de las ciudades más importantes de Egipto. Ahora comienza en serio el debate para el cambio político. Y lo hace con un mensaje implícito de garantías, hacia el pueblo egipcio y hacia el mundo; especialmente el mundo occidental. A los egipcios, la seguridad de que los esfuerzos realizados y los muertos habidos en las escasas refriegas, mientras pedían las libertades y el cambio, no han sido en balde.

Y hacia todos los aliados de Egipto, los de mayor, media y pequeña cuantía – incluido Israel muy primordialmente -, la seguridad de que el revuelto río del cambio no encontrarán ganancia los pescadores de fortuna, el islamismo chií de la República de Irán ni los yihadistas de cualquier clase. Los seis meses que restan para las elecciones presidenciales de septiembre será posiblemente mucho tiempo para muchos de cuantos pusieron sitio al “mubaraquismo”, pero también resultará ocasión, siendo los militares los interlocutores de la emergente clase política, para que la transición se haga de forma ordenada. Es decir, sin el riesgo de que en Egipto ocurra lo que hasta ahora sigue pasando en Túnez, donde la marcha/fuga de Ben Alí dejó el poder en medio de la calle.

Pero acaso lo más significativo de cómo se ha iniciado el cambio en Egipto es la percepción de que en el inestable equilibrio de Oriente Medio no crujirán las cuadernas. Para muchos egipcios, posiblemente, el cambio significa de momento el paso de la inseguridad y cierto miedo latente, a la seguridad y la disciplina. Obvio es, por otra parte, que un semestre es poco para montar una democracia entera y verdadera.

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