Vísperas iraníes de la ola libertaria

En tanto que junto al Nilo llega el viernes crítico, conforme la expectativa defraudada de que Hosni Mubarak anunciaría anoche que dejaba el poder –moviéndose desde El Cairo hacia Sharm el Sheik, junto al Mar Rojo, o saliendo del país, que parecía lo menos probable -, los ayatolás de Irán ponen sus barbas a remojar ante la probabilidad de que la ola libertaria que se extiende por el mundo árabe cambie de naturaleza convirtiéndose en algo más, al integrar mundo islámico no árabe, si la ola y la mecha prenden en Irán. Allí, el régimen no ha conseguido cerrar las heridas producidas por las elecciones presidenciales de hace dos años, con el vasto pucherazo mediante el cual el presidente Mahmud Ahmadineyad continúa en el poder por designio de Alí Jamenei, el líder supremo de la dictadura teocrática de Persia.

Si las elecciones parlamentarias de Egipto, celebradas el pasado septiembre, pudieron ser un pucherazo, como insisten en proclamar los promotores de la revuelta – que a su vez tomaron el testigo de la sublevación popular tunecina -, lo sucedido electoralmente en la República Islámica de Irán, fue algo todavía más descarado, sangrante y sangriento, por las decenas de muertos que causó la represión de las protestas populares. Algo que dejó en juego de niños el repaso dado por los matones del mubaraquismo a los manifestantes de la plaza cairota de La Liberación.

No hace falta tener en Teherán oído de indio apache para percibir la marcha que llega hasta allí saltando el Asia Menor, puesto que en las petromonarquías del Golfo las únicas masas que abrían de protestar no existen como tales, puesto que son de emigrantes. Los aborígenes suponen minoría y, en muchos de los casos, resultan perceptores por vía fiscal de notables porciones de las rentas del petróleo. Los teócratas de Teherán, pertenecientes a la raza que se dice inventora del ajedrez, se han enrocado visto y oído la ola que llega desde la tierra de los faraones.

De tal forma, la Guardia Revolucionaria iraní, una fuerza que supondría la versión actualizada, reforzada e institucionalizada de las SS hitlerianas, ha alertado a los líderes de la Oposición de que se abstengan de convocar movilizaciones para el Día de San Valentín, puesto que el 14 de febrero se celebra el aniversario de la revolución que derrocó al Sha y que, por bromas del azar o designios de la Providencia, podría coincidir este año en fechas o en horas con el descabalgamiento del anciano Mubarak, al que los saltos generacionales le han privado de consolidar en Egipto una autocracia hereditaria como la de Siria o Corea del Norte.

De todo tendría menos que de descabellada la hipótesis de que una manifestación convocada en Teherán para celebrar el aniversario de la implantación del régimen islamista del chiísmo, se convirtiera en contramanifestación de ello, al montarse en la ola libertaria que lleva en volandas el cambio de régimen en Egipto dentro de la secuencia norteafricana, con las adendas de Yemen y Jordania.

Esa revolución egipcia que Jamenei saludó como conveniente para el islamismo es a estas horas como un boomerang que puede golpearle a él en la frente y desmontarlo del poder, de la misma manera que los suyos descabalgaron al Sha. En tal caso sería el islamismo lo que menguaría en Irán, mientras que en Egipto es el islamismo la yema de las incógnitas de este cambio a punto de consumarse, aunque el Rais sigue en su porfía.

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