Quieren sacar tajada de Egipto

Lo único claro a estas horas en la consolidada revuelta de Egipto es que el proceso no discurre dentro de una campana neumática, aislado y al margen del exterior. De una parte, se produce dentro del mundo árabe, y de otra en el universo musulmán. Desde uno y otro radio se ha establecido un mete y saca, una dinámica de interacciones, que progresa en intensidad a cada día que pasa, sin que el poder establecido emita señales significativa de cambio, y sin que la masiva oposición, por tanto, pueda entenderlas como válidas y aceptables; esto es, que signifiquen base alguna para el progreso de la negociación. No hay diálogo ni nada que se le parezca. Resulta de lo mismo que la situación se encuentra atascada en lo político, que es lo ahora relevante, mientras en lo económico opera una normalización muy débil, con la apertura progresiva de la actividad bancaria y de los comercios.

Por fuera del círculo egipcio de tiza, el mundo árabe está metabolizando a su manera el curso de esos acontecimientos, especialmente con algunos movimiento reactivos por parte de los respectivos Gobiernos. Como el de Jordania, cambiado por el rey Abdalá; el de Marruecos, envuelto en la salmuera del Majzen con una terapia de propinas para apaciguar las protestas populares que se esperan. Y en distinta longitud de onda, la de Argelia, con la señal del presidente Buteflika sobre un próxima remoción de la legalidad restrictiva de las libertades, del régimen de excepción, por causa del islamismo barrido con el golpe militar que borró la victoria electoral del FIS en las elecciones de 1992.

Y es precisamente desde otros islamismos de muy diversos formatos el ámbito en el que se han producido ya dos tipos de reacciones mecedoras de ser tenidas muy en cuenta. Ha sido la segunda y última de ellas el llamamiento desde la Al Qaeda con base en Iraq a la Yihad o Guerra Santa en Egipto, montándose en la ola de las protestas contra el presidente Mubarak al pedir que se fuerce la salida de éste, para establecer de seguido allí un Estado basado en la Sharia o Ley Islámica. Esto es, los secuaces de Ben Laden, en supuesta sintonía con los Hermanos Musulmanes, sus primos remotos en la profesión del integrismo, brindan a los egipcios -amotinados precisamente en demanda de libertades políticas y de derechos homologables con los propios de las democracias occidentales- el uso del catalejo puesto del revés, como manera más práctica de orientarse en el camino de regreso a los albores de la Edad Media.

A sus parientes de la fraternidad coránica -lógicamente empeñados en comparecer ante el mundo con un perfil turco, de islamismo moderado- el mensaje del “emir” iraquí les habrá sentado como un tiro. Peor aun de cómo les pudo caer el saludo a la revuelta egipcia por parte de Alí Jamenei, el Líder Supremo de la clerocracia del chiísmo en Irán, alentándoles a que hicieran una revolución islamista a lo persa. O sea, vendiéndoles la moto a los egipcios de que les conviene hacer con Mubarak lo que ellos hicieron con el Sha, que, destronado, fue a morirse de un cáncer linfático en el país de los faraones. La cosa tiene su aquel. El disparatado Jamenei ve el Egipto de Mubarak como un clon de la Persia del Sha, con idénticas funciones a las desempeñadas por Mohamed Palhevi dentro de los equilibrios, siempre críticos, del Oriente Medio.

Aunque sea sólo en términos retóricos, el islamismo extremo del ayatolismo gobernante en Irán o Persia y el yihadismo de Al Qaeda, quieren sacar tajada del barullo monumental y piramidal en que aparece sumido Egipto. Todo un pulso entre la restauración del islamismo y la modernización democrática. Como si el siglo XXI viniera a ser para todo el mundo árabe, con las libertades, la secularización y la Ilustración, el Siglo de las Luces.

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