Islamismo Vs. Suleiman

A los Hermanos musulmanes, tal como era de prever, no les satisface mucho que digamos el plan de trabajo para montar la transición al después de Mubarak que les ha propuesto Omar Suleiman, el vicepresidente egipcio nombrado por el “rais” para que construya el puente político entre las dos orillas. Tampoco Mohamed El Baradei, el Nobel de la Paz que presidió la Agencia Internacional de Energía Atómica antes y durante la guerra de Iraq, está conforme con los términos de la propuesta del hombre fuerte del país, recién salido vivo del segundo atentado perpetrado en El Cairo, verosímilmente por el ala radical de la Fraternidad Islámica, que años atrás lo intentó por primera vez, en Etiopia, contra el automóvil en que viajaban él y Mubarak. Salieron ilesos ambos porque Suleiman, ya entonces jefe de los Servicios Secretos Egipcios, al aire de un posible soplo, había ordenado que reforzaran el blindaje del coche presidencial, en el que también viajaba, tal como digo, entonces como en tantísimas otras ocasiones.

Mientras dure la capacidad de asedio de los manifestantes de la plaza del Tahrir se mantendrá la presión callejera y mediática para que el “rais” abandone el puesto de mando de manera plena y formal, aunque cabe suponer que la capacidad de resistencia presidencial excederá a ese acoso. No sólo es la presión de la calle la que opera como motor del actual proceso de cambio político en Egipto. La presión de las grandes chancillerías (Estados Unidos y Rusia, Francia. Reino Unido y Alemania) está operando también como la gran variable independiente del cambio histórico que viene operando en el País del Nilo.

Todos los recelos y suspicacias se concitan frente al papel que pueden jugar los Hermanos Musulmanes tanto en el corto como en el medio plazo. De todo lo cual viene a resultar tanto como una cuadratura del círculo el empeño de liberalizar la relación de la gente con el poder, por medio de la democratización, y preservar al mismo tiempo esos niveles de estabilidad regional en el Oriente Próximo establecidos con la normalización de relaciones entre Egipto e Israel, durante la presidencia de Anuar el Sadat, y pendientes ahora de la terminación de las negociaciones entre el Estado de Israel y la Autoridad Nacional Palestina, para convertir a ésta en sujeto internacional de pleno derecho, es decir, en Estado. Tarea ésta en la que el actual Egipto viene desarrollando un papel de primordial importancia, precisamente sobre la base de los buenos oficios del vicepresidente Suleiman conocedor en tiempo real del intrincado mundo de las relaciones interpalestinas, y de todas éstas con los interlocutores estatales de la región, principalmente, las que mantiene Irán con el Hezbolá libanés, de adscripción chií y el Hamás de Gaza, aunque de base suní como la Fraternidad Musulmana egipcia, pero aun así políticamente dependiente de los ayatolás de Teherán, que se la tienen jurada a Israel, al que amenazan con borrar del mapa.

El puente de la transición egipcia se habrá de construir partiendo de este género de materiales y con tal argamasa política y diplomática, egipcia de una parte, del Medio Oriente por otra y, para todo lo demás, del ancho y ajeno mundo en general. Las dificultades y los obstáculos no habrán de faltar. Y, mientras tanto, los escenarios reflejos del de Egipto por toda la geografía que abarca la Liga Árabe se irán consolidando hasta estructurar una época bien distinta de la que cursaba cuando sobrevino la sublevación de las masas tunecinas por la taumatúrgica virtualidad de una bofetada a un licenciado en informática sin empleo al que privaron subsistir vendiendo en el mercado unas hortalizas posiblemente del huerto de sus padres. Pasó luego lo que pasó, sin poderse establecer como tantas y tantas veces una proporción causal entre lo que inicia la reacción y aquello en que acaba ésta.

Pero aquello de Túnez, tal como ya se ha podido decir, fue casi como reacción en una probeta, mientras que en esto de Egipto hay más de medio mundo enredado.

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