Abierta la transición en Egipto

No es un paso a la transición egipcia sino una zancada en ella. La destitución del Gobierno en pleno, tal como lo sucedido en Jordania, donde el rey Abdalá relevó al Primer ministro; la jubilación de la entera cúpula del partido gobernante (encabezando el desalojo del poder Gamal Mubarak, el hijo del presidente a quien éste tenía designado ya “in pectore”) y, sobre todo, la entrada en agujas de los Hermanos Musulmanes como interlocutores formales para negociar el cambio político por medio de un proceso de transición, que habrá de ser por necesidad complejo y tortuoso…, todo eso y algunas cosas más, como la reanudación de la actividad bancaria, permiten afirmar que en términos prácticos, aunque no enteramente formales, la transición política egipcia ya se encuentra en marcha.

Faltan aún, como no podía ser menos, muchas cosas para poder entender que la crisis de poder abierta en Egipto se haya resuelto por el hecho de que prácticamente el cambio  esté ya comenzado. Como momento crepuscular que es, presenta perfiles todavía muy borrosos. Todo es muy fluido. Lo que ha sido hasta ahora está dejando de serlo y lo que habrá de ser no lo es todavía. La multitud  ocupa aun la Plaza de Tahrir, pero jerarcas del régimen que lo fueron y otros que lo son todavía, se han acercado hasta los manifestantes y conversado con ellos, en tonos distintos en cada caso. Algunos de los automóviles quemados y que sirvieron de barricada cuando policías de paisano y somatenes del sistema se desplegaron y cargaron contra la multitud.

Desde la enemiga más en punta del sistema, la oposición en armas, sólo se hicieron dos movimientos significativos hasta el presente: el atentado contra el vicepresidente Omar Ismail, cuya comitiva ametrallaron, matando a dos de sus guardaespaldas, y la voladura parcial, en el Sinaí, del gasoducto egipcio que abstace de carburante a Israel y Jordania. La hipótesis de que tras de una y otra cosa puedan estar los servicios secretos iraníes,  sólo dispone de su verosimilitud como único soporte; pero junto a ello hay que considerar el hecho de que fuera Ali Jamenei, el líder Supremo de la Revolución persa la única voz internacional que se ha levantado no en apoyo de las libertades que reclama el pueblo egipcio sino sólo contra  Mubarak como “lacayo del Estado sionista”.

Por lo demás, habrá que en entender que ha sido el vicepresidente Omar Ismail quien ha diseñado la hoja de ruta y conduce su seguimiento, partiendo de la base, además, de que es él tanto o más que el propio Mubarak quien sostiene la interlocución internacional, muy especialmente con Estados Unidos, Alemania, Francia y Rusia. Y todo ello tiene un clarísimo sentido. La transición egipcia ha de ser a la fuerza una operación pactada, convenida, consensuada o de cualquier otra forma que se la quiera llamar. Egipto, además de una nación soberana, dueña de sus destinos, es la pieza mayor en el crítico  conjunto de engranajes políticos, económicos y militares que componen el tablero del Oriente Medio.

La transición egipcia, por eso mismo, ha de ser por fuerza, lo mismo en su objetivo que en ritmos y cadencias de sustanciación, como  eso que se conviene en llamar un encaje de bolillos. Comenzando, como no podría ser de otra manera, con el paquete temático que lleva la etiqueta de “Hermanos Musulmanes”; o sea, la misma razón de ser en que se escudó el régimen que se va. No por casualidad, el Estado egipcio comparte con sus aliados e interlocutores internacionales preferentes, puntos de vista sustancialmente idénticos. Detrás de ese nombre hay algo más que la Cáritas de la Media Luna.

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