Cambio de tercio en Egipto

Ochocientos heridos y ocho muertos durante los choques de ayer en la plaza cairota de Tahrir, escenario principal durante estos días de las protestas contra el presidente Mubarak, es un balance brutalmente excesivo y desproporcionado para una explosión espontánea de disidencia entre partidarios y adversarios del “rais”.

El suceso, que pretende invertir la dinámica de los acontecimientos en el país del Nilo, apunta en todo caso al principio de una reacción política del sistema, basada en la declaración de Hosni Mubarak de que permanecerá en el poder hasta septiembre, cuando se celebren elecciones presidenciales a las que no se presentará, y de que en ningún caso abandonará Egipto, donde dice que quiere que le entierren cuando muera. Pero de todo lo manifestado es lo más relevante el propósito de Mubarak ser él mismo quien conduzca la transición.

Difícil de entender. Mubarak tuvo 30 años para hacerla una vez que se estabilizó Egipto tras del asesinato de Sadat por los Hermanos Musulmanes. Él es el responsable objetivo de la situación en la que ha desembocado el país. ¿Cómo siendo las cosas así puede conducir con solvencia y bona fides el proceso de sustitución del orden político por él mismo establecido?

Desde tal perspectiva y conforme tantos recelos como son del caso, las violencias de ayer contra los manifestantes, de rasgos muy similares a las que se produjeron en un primer momento, protagonizadas por policías vestidos de paisano, parece obligada la conclusión de que todo es una estrategia para invertir la dinámica de los acontecimientos vividos por Egipto durante los últimos nueve días.

Ante la eventualidad de que ataques como los de ayer se repitan en jornadas sucesivas es lo razonable entender que puedan para dos tipos de cosas. Una, que las grandes mayorías pierdan peso y volumen ante el temor de que la agresión se repita; y otra, que la defección y acollonamiento de muchos encuentre una suerte de compensación o equilibrio con las aportaciones de propios grupos de autodefensa, capaces de algún modo de enfrentarse a sus oponentes, con los mismos recursos para la violencia o con armas de fuego puras y duras. Con lo cual se vendría a establecer una suerte de conatos guerra-civilistas susceptibles de desembocar en un mar de violencia. Que podría expandirse indefinidamente.

El cambio de panorama es un cambio de tercio entero y verdadero, para el que Mubarak estaría encontrando apoyos desde los más distintos puntos y de la más diversa naturaleza. Hay razones objetivas para que tales asistencias y cooperaciones vinieran a producirse. Se advierten con sólo reparar en el entorno. Israel se sentiría amenazado por una situación egipcia en la que el islamismo de la más variada intensidad campara por sus respetos. Arabia, estimaría y sentiría otro tanto. Y dentro de los consocios de la Liga Árabe, organismo que institucionaliza el estatus quo afectado por el proceso de desestabilización vivido hasta ahora, posiblemente haría más que ver con buenos ojos el frenazo y marcha atrás que podría haber comenzado con los incidentes de este miércoles en la plaza cairota de Tahrir. Escenario de tantas y tantas proclamas y demandas de cambio en el país de los faraones.

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