El ejército egipcio al paso del pueblo

En el Egipto de los faraones la suerte está muy echada. El Ejército, ni quita ni pone presidente pero, absteniéndose, ayuda al pueblo de donde sale. Ni los términos de la salida de Mubarak quedan pendientes de negociación o pacto. Eso de la autocracia hereditaria que el “rais” acariciaba como proyecto, ya sólo es opción válida en Damasco, con la entronizada dictadura de los Assad.

El viento tunecino, en El Cairo y Alejandría, ha hinchado las velas de la manifestación final, alzada sobre dos millones de almas. El desenlace a corto plazo parece tan inminente que, en la dinámica de este proceso del frontispicio árabe de África, se entrevé, por el costado atlántico, el prólogo de otro episodio de cambio. Ya se han anotado protestas incipientes en Tánger, Fez y Rabat, pero de momento nada se apunta todavía sobre el disgusto entre los rifeños.

Al Este de Suez, en la otra orilla del Mar Rojo, el rey de Jordania suelta lastre y destituye a su Gobierno en pleno. Esto es liquidación por fin de temporada. Todo más claro y de dinámica más compleja y rica que el de las fichas de dominó, cayendo una sobre otra. En la secuencia de los Estados arabófonos implicados en el proceso, son de bien distinto peso y diferente medida las distintas piezas involucradas. Egipto, con mucho, la más importante de todas ellas.

Pero algo en común se ha mostrado en el caso tunecino y en este otro de Egipto: el respeto del Ejército como institución ante las actitudes populares a falta de otras garantías constitucionales o simplemente democráticas, los militares no han sido, junto con la Policía, recurso de orden público en su sentido más primario de guardia de la porra. El Ejército ha estado fuera de esa dialéctica entre el Gobierno y la calle. Operó en Tunicia y opera a estas horas en Egipto como poder arbitral, pero también como depositario de una voluntad popular de expresión obstruida, respectivamente, por la deriva autocrática de Ben Ali y Hosni Mubarak.

Podría quizá decirse que la constitución moral, el código de fondo del pueblo egipcio ahora y antes del pueblo tunecino, no permite que el Ejército sea utilizado por el poder político enquistado para permanecer y prevalecer frente a las mayorías nacionales, negando a éstas el ejercicio de su libertad y el discurso de su identidad. Tal podría ser una de las claves de este cambio sistémico que sacude a tantos ya de los Estados que integran la llamada Liga Árabe, y en los que o bien pesa el valor del petróleo o el de las estrategias políticas para acceder al mismo o para defenderlo de terceros.

A falta de asistencias institucionales de otro tipo, lo que parece advertirse es que el Ejército está valiendo como apoyo para los procesos de democratización de los sistemas de poder en el mundo ex colonial norteafricano. Procesos que en estos casos de ahora no se hacen contra potencias extranjeras sino contra la cristalización autocrática o estrictamente dictatorial el propio orden autóctono. El cambio afecta a naciones que consiguieron, durante el siglo XX, la libertad frente al colonizador, pero no supieron transferirla individualizadamente a sus nacionales. Estaríamos hablando, al referirnos a lo que pasa, de una transición norteafricana desde la independización a la democratización. Una dinámica que podría llevarse por delante tanto los fundamentalismos religiosos como muchos de radicalismos políticos o ideológicos que después de la independencia se mantienen en pie como coartada de poder.

Sea por lo que sea resulta lo cierto que esta procesión de cambios ha tomado con el pie cambiado a la diplomacia internacional, tanto la europea como la norteamericana, que pide amplitud de miras a Mubarak y mira con toda la lógica preocupación, por Egipto, la formidable inundación democrática que experimenta.

Es fenómeno de consecuencias menos previsibles que los desbordamientos del Nilo antes de que Nasser, con los soviéticos, levantara la presa de Assuan. Viendo con optimismo el espectáculo, el légamo de ese desbordamiento político podría hacer que fructificara por allí algo más que la esperanza de tantos. Faltaría para ello otra inundación: la de millones aportados por el FMI y otras tantas fuentes como las del Nilo.

Mientras tanto, todavía a estas horas, el Ejército de Egipto parece desfilar también al paso del pueblo pidiendo libertades.

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