Entre evolución y transición en Egipto

La convocatoria de una huelga general, cuyo éxito parece asegurado a la vista de la base de movilización social y política contra la presidencia de Hosni Mubarak, aporta otra unidad de cuenta para la progresión en que se sustancia el cambio en Egipto. Ni quienes intentan dirigir las masas ni los decididos componentes de éstas aceptan elementos de continuidad con el poder personal del “rais”, ni el Ejército – ya en funciones arbítrales – consiente ni consentirá que el cambio de régimen afecte poco ni mucho a la integridad del Estado.

La liberada autonomía social y política de la gente es asunto que nadie discute, pero el peso del Estado se cuestiona menos todavía. Si para los egipcios el Estado en su necesidad es tan evidente como el propio Nilo, para todos los demás, internacionalmente, su integridad estatal resulta indisociable de la estabilidad crítica en que se encuentra instalado el Oriente Medio.

Sobre tales límites y referencias está posiblemente discurriendo a estas horas el debate sobre el patrón de cambio por que ha de optar el país de los faraones. Es impensable que se vaya en pos de una evolución dentro del actual “estatus quo” que parta de la premisa de que Mubarak siga en el poder, con prerrogativas más a menos disminuidas. Parece obvio. La desaparición política del poder actual es el punto de convergencia de cuantos integran el cajón de sastre que ocupan con sus demandas las calles de Egipto, Alejandría y Suez.

Implica ello, consecuentemente, que el patrón de cambio no sea otro que la transición; y el desiderátum de esta alternativa, que sea una transición pacífica: de costes mínimos en términos humanos y políticos. Tal y no otra parece la apuesta en que se está, el consenso de que se parte. De ahí que parezcan como de obligada referencia esos nombres a que ayer me refería sobre este crucial particular.

Desde el lado civil de las alternativas aparece Mohamed Al Baradei, Nobel de la Paz y personaje internacional de la máxima relevancia durante el prólogo de la guerra de Irak contra Saddam Husein, en su condición, entonces, de director general de la Agencia Internacional de Energía (AIEA). Y desde el lado militar, el vicepresidente Omar Suleiman, que como director de los Servicios de Inteligencia tiene en sus manos todos los hilos de la política del Oriente Medio, y por esas y otras razones es exponente del criterio del Ejército. Ese hilo de acero con el que está tejida la historia del Egipto moderno desde que el general Naguib, cuando los de mi generación éramos unos muchachos que acabábamos de entrar en la Universidad, le dio soleta al orondo vividor que permanecía más en la Costa Azul que en El Cairo, comía las ostras a cucharadas y atendía por el nombre de rey Faruk.

Tales pueden ser, Suleiman y Albaradei, los polos de la transición egipcia, llamada a sustanciarse más rápidamente de lo que ahora parece. En el proceso de cambio egipcio pesa posiblemente bastante más todo cuanto internacionalmente de Egipto depende que aquello otro de más sustantiva importancia para los que ahora se manifiestan allí, en otro episodio de cambio histórico que desató una bofetada tunecina. Y el eco de aquello, y el del autocerillazo que le siguió, no se extingue. Ahora rebota desde el Mar rojo hasta el Atlántico.

Marruecos, Marruecos, por Tánger, Fez y Rabat entra en escena, mientras el Sultán contempla la escena desde su castillo en Francia.