Al Baradei se postula interlocutor

Por segunda vez en ocho años Mohamel Al Baradei, Premio Nóbel de la Paz y ex director que fue de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), ha vuelto a enfrentarse Estados Unidos en los problemas del mundo árabe. Primero fue en el prólogo de la guerra contra Sadam Hussein, cuando no vaciló en testificar contra la supuesta  posesión, por parte de éste, de Armas de Destrucción Masiva (AMD), frente a la tesis norteamericana de que sí las tenía, dentro de una fallido proceso diplomático de preconstitución de prueba, centrado en supuestos artefactos nucleares situados en Iraq.

Lo ha sido en esta ocasión al cruzarse con una declaración contradictoria sobre el apoyo manifiesto – aunque condicionado – de la Administración del presidente Obama al presidente Mubarak, repudiado por las masas. Que por sexto día consecutivo colman los espacios urbanos neurálgicos en El Cairo, Alejandría y Suez: los más altos exponentes demográficos del Estado egipcio, el más grande, influyente y poderoso del mundo árabe.

Regresó Al Baradei a Egipto el pasado viernes desde Viena, donde habitualmente reside, para tomar presencia como referente de oposición política al poder de Hosni Mubarak en el marco de la marejada humana que sostiene el insospechado pulso al sistema, imprevisible sólo una día antes de que en Túnez sobreviniera la sublevación tunecina contra la autocracia de Ben Alí.  Sublevación detonante de este cambio epocal que engloba a todo el mundo de expresión árabe, en el norte de África y partes Asia Menor.

Lo significativo es que a estas horas, en un escenario tan fluido como el que cursa en Egipto, la voz de Al Baradei es la que más nítidamente se distingue dentro de la agitada expresión civil de sus compatriotas, mientras que en la otra orilla de la escena es el general Omar Suleimán, jefe en ejercicio de los Servicios de Inteligencia del Estado y recién nombrado vicepresidente de la nación egipcia por el doblemente vetusto Hosni Mubarak. Empoltronado desde 1981 por culpa de los Hermanos Muulmanes, al asesinar éstos al presidente Anuar el Sadat por firmar la paz con Israel.

Por el signo de tales precedentes tiene la importancia que tiene tanto el nombramiento de Suleiman como vicepresidente, la segunda jerarquía del Estado, y la comparecencia de Al Baradei sobre el magma popular que debe solidificarse como la base de una renovación política que traiga consigo la propia del Estado. Una realidad, la estatal, que prevalece y rebasa la que rebasa el hecho Mubarak.

El eclipse del autócrata Mubarak, biológicamente consumido, no debe conducir en modo alguno desde el clamor de la calle, a la quiebra del Estado, por su condición vertebradora de la nación egipcia ni por su geopolítica función estabilizadora del entero conjunto del Oriente Próximo. Realidades que hacen algo más que explicar la inquietud norteamericana, la declaración del rey de Arabia en apoyo del “rais” egipcio y el interés del régimen iraní en que todo vaya en Egipto lo peor posible.

Con todos esos elementos no parece descabellado pensar es que se esté preparando un puente, una transición a partir de dos polos de consenso nacional. Uno civil representado por Mohamed Al Baradei, un prestigio internacional egipcio, expresado en su doble capacidad de disentir con razones, y por Omar Suleiman, un prestigio en Oriente Medio por su inteligencia mediadora y avisada en toda la turbulencia política de la región.

Junto a estas consideraciones, la obviedad de que habiéndolo tenido que ver todo con Tunéz en el disparo de este proceso, Egipto no tiene que ver nada con la limitada relevancia de la realidad tunecina. Por es mucha la tela que hay que cortar en el iniciado cambio político de Egipto.