Egipto, tortuoso camino de Túnez

La tentativa de las masas egipcias de llegar al mismo desenlace que el forzado en su propio país por las masas tunecinas, compone un cuadro formado por los más negros presagios. El Gobierno del presidente Hosni Mubarak dispone de todas las referencias para creer qué debe hacerse para evitar aquello que llevó a Ben Alí a replegarse con su familia y su fortuna hasta un lugar seguro en el exterior. Calcular qué ha de hacer y qué no, debe ser en estas horas la preferente ocupación de las autoridades de El Cairo. Tanto lo que se haga o se deje de hacer en la noche de este miércoles tendrá valor irreversible. La probabilidad del baño de sangre parece en principio más alta que lo contrario: una retirada de los efectivos policiales a sus cuarteles mientras los manifestantes, con la moral de desafío reforzada entre los manifestantes, mientras éstos se preparan para posteriores asaltos.

Otras consideraciones es necesario hacer. La primera de todas, el “efecto red”, la interconexión entre los manifestantes y la posibilidad de que opere todo un sistema de mando en tiempo real, para coordinar y organizar la resistencia a las fuerzas policiales, mientras, sobre la marcha, y en una estrategia de guerrilla urbana, los manifestantes pasan puntualmente a prácticas de sedición específica contra el Estado. Permite el “efecto red” que los participantes en la revuelta dispongan de una suerte de estado mayor que centralice y coordine las decisiones, en una operativa sin precedentes de guerrilla revolucionaria urbana.

En términos de contexto internacional es necesario también referirse a las asistencias de que pueden disponer unos y otros, la de los palestinos de Hamás, de la radicalidad chií, de una parte y para contrarrestar las fuerzas egipcias de orden; y de otra, la ayuda israelí a los efectivos del muy aliado presidente Mubarak, que tan valiosas colaboraciones aportó en la guerra de Gaza, durante el invierno de 2008-2009. Episodio que echó a pique las negociaciones de la OLP con el Gobierno de la señora Livni para el establecimiento del Estado Palestino.

Pero quien dice colaboración y asistencia israelí al régimen egipcio de Mubarak, dice también, de forma implícita, asistencia, colaboración y ayuda del Gobierno norteamericano, luego de haber sido éste quien auspició el Acuerdo de Camp David entre Israel y Egipto, representados respectivamente por Menahem Beguin y Anwar el Sadat, eliminado éste después en El Cairo, durante un desfile militar, por oficiales pertenecientes al movimiento islamista de los Hermanos Musulmanes: el enemigo político más importante del régimen de Hosni Mubarak, el sucesor político de Sadat; además de los abuelos ideológicos de Osama Ben Laden y Al Qaeda.

Con ser tantas las similitudes entre este cuadro egipcio por Cairo, Alejandría y Suez con las vísperas tunecinas de la caída de Ben Alí, son muchas más, en términos de contexto, las diferencias. Ni Estados Unidos, ni Israel ni la Unión Europea – pese a que ésta carezca de una política exterior común – no parece probable que permitan un vacío de poder como el imperante en Túnez. Esboza ello la conclusión de que a Hosni Mubarak no le temblará la mano. Estas vísperas egipcias pueden ser muy bien unas vísperas de sangre. El paso de Suez sigue siendo tan importante como cuando lo nacionalizó el presidente Gamal Abdel Nasser.