Aflora la división política tunecina

Por primera vez desde la huida del presidente Ben Alí y luego de que se articulara un proyecto de transición entre su régimen y el que habrá de sucederle, se han reiterado un día tras otra las manifestaciones de los opuestos a todo pacto con aquello aventado a golpes de protesta. La idea de consenso entre quienes gobernaron por más de 20 años y quienes nunca fueron excluidos, se ha borrado progresivamente, por haberse identificado como una misma cosa gobernantes de entonces y ladrones de siempre. De tal manera, la propuesta de dicha transición ha sido combatida por las masas opositoras, en las que hay de todo, desde islamistas del más vario pelaje a disidentes expresos de lo que representaba Ben Alí y su familia, además de unas mayorías nacionales que lo esperaban todo de la magia de la ruptura política.

Pero ayer por primera vez se ha producido una manifestación en demanda de que se continúe con la idea de un cambio de poder pactado para progresar hacia una situación tan distinta a la que había: abierta a un régimen de libertades y de pluralismo democrático; algo en lo que es posible soñar desde las bases establecidas en la obra de Habib Burguiba, a la que fue fiel su discípulo Ben Alí hasta que incurrió en la doble desviación del autoritarismo y la cleptocracia. También hacía verosímil la salida política pactada el propio hecho de que el poder depuesto, aunque inaceptablemente duro en su autoritarismo y su negación de libertades elementales, no había incurrido en sostenidos y tiránicos derramamientos de sangre.

Por todo eso parece que puede entenderse que haya gente suficiente en ese país para salir a la calle y montar una manifestación en apoyo de un Gobierno de concentración nacional que haga posible un poder pactado, un consenso de base, desde el que se organice, por vía electoral, una vía constituyente para el nuevo código político que ordene el inmediato futuro tunecino. De ahí que las dos manifestaciones de signo opuesto no hayan traído incidentes, al menos hasta el momento de pergeñar esta nota. La división aflorada en estas condiciones no es, por lo dicho, un dato negativo e inquietante, sino todo lo contrario.

Otra cosa es la evolución del escenario político egipcio, desestabilizado como en otros Estados norteafricanos y del Asia Menor, como Argelia, Jordania y Líbano, en los que la división islámica entre moderados y radicales hace temer lo peor, sobre todo en Egipto, donde los Hermanos Musulmanes componen una formidable cepa de radicalismo que entre otras virtualidades aporta la demorada legitimación del régimen de Hosni Mubarak, con su falta de oxigenación política y empantanamiento social.

Si cierto es que la desestabilización en esos Estados de la Liga Árabe ha tenido su origen y principio en la eclosión del descontento tunecino, no lo es menos que Túnez, por las razones anteriormente consideradas, tiene un fondo de estabilidad bastante más saneado y equilibrado que los demás. Especialmente más armónico que el Líbano, con sus actuales problemas político-religiosos, no sólo por los desacuerdos entre cristianos y musulmanes sino por las discrepancias, dentro de éstos, entre suníes y chiíes. Discrepancias a las que alcanza la “longa manus” de Irán.