Rusia, el otro objetivo islámico

Mientras sigue el trasvase contable desde la partida de heridos graves a la de fallecidos al detonar la bomba que llevaba consigo el suicida islámico, que en el primer recuento se había llevado por delante 35 vidas en el aeropuerto moscovita de Domodédovo, y en tanto en las columnas de información se hace el recuento de las sanguinarias hazañas perpetradas por el islamismo contra el pueblo ruso, conviene recapitular y remontarse en el tiempo antes del primero de estas macabras proezas del terrorismo musulmán. Hay que irse al final de la década de los 70 en el pasado siglo XX.

Por aquel entonces, en un rito de extraña sincronía, mientras la revolución islámica del chiísmo, acaudillada por el ayatolá Jomeini, derribaba en Irán el Trono de los Palhevi y amenazaba con extenderse sobre los Estados del Golfo del Petróleo, la Unión Soviética, luego de pilotar la caída de la monarquía afgana y de instalar en Kabul un Gobierno que le era propicio, se encontró con la misma zarabanda en armas con la que lidia en estos momentos la OTAN.

Aquella invasión tuvo dos interpretaciones o lecturas. Una, la occidental y las petromonarquías de la zona, consistente en considerar aquello como una amenaza soviética a los intereses energéticos del mundo libre en el Oriente Medio. Ese mundo libre estaba recién salido de la crisis económica detonada por la subida de los precios del petróleo tras de la guerra del Ramadán, en el otoño de 1973; que, entre otras cosas, se llevó por delante el orden económico keynesiano construido en Bretón Woods, dando entrada con ello al “ricorsi” del liberalismo económico que había sido barrido en el crack de 1929.

Para los soviéticos, sin embargo, la aventura afgana no estaba concebida para catapultarse sobre el oro negro, parte de cuyo control ya había palidecido con los sucesos revolucionarios de Irán. Su genuino plan y su propósito cierto no era otro que cortar en sus fuentes el profuso riego islámico que estaba anegando el Cáucaso y corroyendo los cimientos de su propio sistema. Tales coplas no valieron nada para los occidentales ni tampoco para el Consejo de Cooperación del Golfo.

Volcaron éstos sus ingentes recursos dinerarios acumulados desde la crisis petrolera de 1973 en dos direcciones: en la financiación del islamismo afgano como arma de combate frente al “ateísmo soviético” en la que se incubaron por vía de las madrasas o escuelas coránicas los huevos de Al Qaeda y sus redes de terror; y junto a eso, la financiación de la guerra de Saddam contra Jomeini. Una carnicería de ocho años en la que se desangró el impulso apologético y guerrero de la Revolución Islámica de los persas de siempre.

Los ajustes conceptuales sobre la naturaleza de las aportaciones al Iraq de Saddam desembocaron en la invasión de Kuwait, la condena de Saddam por el mismo Imperio que lo había utilizado contra los iraníes, con la “Tormenta del Desierto“, y el indulto final de la dictadura baasista antes de que sobreviniera la guerra, en 2003, por la supuesta posesión saddamista de armas de destrucción masiva.

Pues bien, al final de tan larga película resulta, visto lo de ayer en el aeropuerto moscovita de Domodedovo y de sus cuantiosos precedentes, que los soviéticos no mintieron del todo sobre sus motivos reales al invadir Afganistán. Y lo más llamativo o paradójico de la conclusión es que ahora es el islamismo terrorista un enemigo compartido por Rusia y el mundo occidental. Un problema que resulta insoluble con todo tipo de recetarios, desde la necesaria e insuficiente terapéutica de la estrategia de seguridad policial y de las redes de inteligencia, a la bobada terapéutica de la “alianza de civilizaciones”.