Terrorismo y diplomacia

Suele ocurrir demasiadas veces que en el análisis de cuestiones relacionadas con el terrorismo, llegados al punto en que los hechos de pura violencia enlazan con datos que entran en los extramuros de la diplomacia – allí donde comienzan los espacios de las relaciones exteriores de los Estados –, los análisis se detienen para no llegar a las debidas conclusiones. Media el punto y aparte, y si te he visto no me acuerdo. Se impone el recurso a otras varas de medir, puesto, a lo que se ve, la lógica que vale cuanto todo discurre por la lógica policial, deja de ser válida cuando se entra en las aguas de la diplomacia; quizá por el hecho de que entonces dos y dos pueden pasar a valar 40, o a no significar absolutamente nada…

La actualidad del día recoge este asunto en dos planos del terrorismo internacional: el de ETA con las Farc y el Gobierno chavista de Venezuela, y el del terrorismo islamista contra los cristianos en todas sus variantes medio-orientales, donde se involucra a Gobiernos como el de Egipto y se columbran nexos con la Administración palestina de Gaza y de ésta con la República Islámica de Irán, respecto de la cual se ha especulado en algún momento que pudiera ser anfitriona en secreto de Bin Laden, dado que los recovecos montañosos de las lindes afgano-paquistaníes se han vuelto especialmente inseguros por el propio caos en que flotan los servicios secretos de Pakistán.

Hosni Mubarak, el presidente egipcio al que le patinaron las meninges al principio de año profesando una “puntillosidad” sin cuento frente al Vaticano, por haber pedido el Papa mayor protección para los cristianos coptos tras el atentado islamista en Alejandría, donde hubo 23 fallecidos y más de 90 heridos – que ahora atribuye la policía egipcia a una facción palestina de Al Qaeda -, entendiendo Mubarak que esa es una cuestión interna de su país, cuando la inserción en una revista escandinava de caricaturas de Mahoma hizo que se sintiera ofendida la entera comunidad islámica, agravio que el sucesor de Sadat sintió también como propio; cuando tales cosas han sucedido así, ahora el Gobierno de El Cairo, aprovechando que por allí pasa el Nilo, acusa a los de Al Qaeda de lo de Alejandría y de paso involucra a los Hermanos Musulmanes, que son el principal enemigo al que se enfrentará en las elecciones presidenciales del próximo septiembre. La doblez del club de la Liga Árabe puede llegar a los más remotos límites en su práctica política y diplomática.

Tal es una muestra de lo arriba apuntado, en el comienzo de esta nota. Otra prueba del problema que supone llevar a las relaciones políticas entre los Estados. Ahí están las existentes entre este Gobierno de Rodríguez Zapatero y el régimen bolivariano de Venezuela, por su interesado hospedaje a los etarras que allí fueron acogidos tras del fracaso de las negociaciones de Argel entre ETA y el Gobierno de Felipe González.

Ocurre ahora que el testimonio de otro etarra, Juan Francisco Arratibel, también paseado o por Venezuela, viene a ratificar la colaboración estructural y triangular que los de la boina tienen con los narcoterroristas de las Farc y con el régimen castrista y protocomunista venezolano de Hugo Chávez; régimen o Gobierno con el que el de Rodríguez Zapatero mantiene un debate con cabeza medio vuelta, no queriéndose enterar del callejón sin salida en que esta Venezuela ha metido al Poder Judicial español, que es tan parte del Estado como el Poder Ejecutivo, cuyo Departamento de Exteriores sigue sin dar la cara hasta donde debería. Tampoco el Partido Popular debería quedarse también medio callado.