Sorpresa en Washington, distensión entre las Coreas

Nadie lo hubiera pensado. Todos los dirigentes de la China actual han puesto cara de almeja cada vez que se les ha podido preguntar por la suerte de los derechos humanos, especialmente Hu Jintao, el huésped del presidente Obama, en su sonora visita de Estado a Washington. De ahí la calidad, supremamente detonante, de su declaración ante los medios informativos norteamericanos sobre el propósito de su régimen de avanzar por el camino de los derechos humanos, cuando hasta ese mismo momento el disidente Liu Xiaobo, flamante destinatario del último Premio Nobel de la Paz por haber defendido la causa de tales derechos, permanece arrestado y en medida notable confinado en algún ignoto paradero.

Dentro del advertido pragmatismo del que viene haciendo gala el régimen comunista de China desde la llegada al poder de Dieng Xiao Ping, el huésped de Obama planeó con destreza notoria cuando se le preguntó, desde el periodismo convocado para la ocasión, sobre el presente y el futuro de las libertades en que se engloban tales derechos. Y lo hizo incluso con brillantez indudable cuando después de admitir la condición universal de estos valores, reclamó la necesidad de atemperarlos a las muy diversas circunstancias que derivan de cada cultura, historia y civilización.

Pero la sorpresa llegó cuando este mandarín supremo de la segunda economía mundial, llegada adonde está por el ejercicio puro y duro de la economía capitalista – desde una base originaria crudamente leninista -, adelantó la promesa de que China avanzará por el camino de liberalización que se le demanda.

Mientras tanto, en la espera que la liberación de Liu Xiaobo pueda producirse antes de que Hu Jintao regrese a Pekín, merece anotarse – como prueba de que la aproximación chino-americana funciona tanto en la política internacional como en las relaciones económico-financieras –el cambio operado en el abrupto diálogo intercoreano. Asunto este en el que concurre un modelo de alianzas simétricas de los dos gigantes respecto de las dos Coreas, pues la estalinista Pyongyang está sintonizada con Pekín en parecidos términos a como lo está Seúl respecto de Washington.

Ha sido en el contexto de la visita de Estado que cumple Hu Jintao a Washington, y desde antes de que la misma comenzara (coincidiendo con la visita a Pekín de Robert Gates, el secretario norteamericano de Defensa), hasta las horas presentes cuando la visita toca a su fin, en el que se produjo el ofrecimiento de Corea del Norte a Corea del Sur de entablar una negociación sin condiciones previas, tanto de lugar como de tiempo, como en lo referente a los contenidos temáticos; contexto, digo, en el que ha sobrevenido la aceptación del Gobierno de Seúl. Y así de esta forma el 2011 arranca de bien distinta manera a cómo transcurrió el año pasado, con el hundimiento en primavera de una corbeta surcoreana con 40 marinos a bordo y el bombardeo en otoño de la isla también surcoreana de Yeonpyeong.

O sea, nunca mejor dicho, pelillos a la mar entre las dos Coreas, abriéndose un cambio cualitativo en la situación al propio aire del cualitativo salto que parece haberse producido en las relaciones entre Estados Unidos y China, tras el respectivo masajeo de las respectivas premisas ideológicas.