Mortífero islamismo

Ese género de Islam instalado en el terrorismo y dado a los asesinatos masivos por vía de la propia inmolación por parte de los terroristas, ha establecido una nueva categoría de barbarie que no distingue entre los fieles de otra religión y los de su propia fe. Unas veces son atacados por estos asesinos otros musulmanes, bien por razones de secta como viene ocurriendo en Iraq tras de la invasión americana, en las agresiones contra los chiíes por parte del sunismo más radical; mientras que en otras, como ahora en Pakistán, los atentados se dirigen contra otros musulmanes de la misma tendencia en la fe, aunque con distinto alineamiento político, especialmente cuando se han distinguido por su hostilidad a los talibanes, definidos éstos por su adscripción al wahabismo, del que brotó en su momento el grupo de Al Qaeda.

Ahora bien, y es ello lo que hoy motiva este comentario, existe otro terrorismo – aunque no siempre sistémico como el de las actuales huestes de Ben Laden – que aparece, dentro de Asia Menor y África, en guerra a sangre y fuego contra las minorías cristianas que viven dentro de espacios actualmente dominados por las mayorías musulmanas. Es en tales escenarios donde más se hace notar esta criminalidad, tal como ocurre en Iraq y sucede en Egipto, donde la minoría de cristianos coptos, que antaño fueron la mayoría sojuzgada por el Islam – tras de la dominación con el Corán, la poligamia y la espada – son en la actualidad una minoría cada vez más reducida y desplazada de cualquier geografía social donde se advierte cualquier atisbo de poder.

Respecto de Iraq es de observar que en los últimos 40 años, las condiciones de mayor seguridad para los cristianos iraquíes se observaron durante el régimen baasista de Sadam Hussein: una dictadura aconfesional en la que algunos de ellos llegaron a ocupar puestos preeminentes en la estructura de poder, como fue el caso de Tarek Aziz, finalmente condenado a muerte desde la democracia allí establecida; sentencia contra lo que se ha manifestado el presidente de Iraq, el kurdo Yalal Talabani.

Peo ha sido en Nigeria, donde el Ejército ha desplegado carros de combate en la región de Jos, tras de los de los atentados con bomba durante esta Nochebuena que han causado 39 muertes, además de herir a otras 74 víctimas, muchas de las cuales lo han sido de forma muy grave, por lo que se espera que el total de las defunciones sea significativamente más grande. La matanza se atribuye al grupo islamista Boko Haram, aunque todavía no se ha producido ninguna asunción de la responsabilidad. Y aunque la violencia contra los cristianos tiene una larga data en Nigeria, remontándose a fines de los años 60 del pasado siglo, la guerra contra los ibos cristianos por parte de los hausas yorubas y otras etnias nigerianas de confesión musulmana.

Siempre hubo un solapamiento de causas en este género de conflictos étnico-religiosos en el marco del Estado nigeriano, pues además de los credos y las razas ha jugado dramáticamente el choque de los patrones culturales o formas de vida, entre los pueblos sedentarios con su agricultura y los pueblos nómadas, dedicados al pastoreo o aplicados al comercio y las caravanas en los espacios infinitos del Sahel, basculando en ocasiones entre el Atlántico y el océano Índico.

Pero más allá de las explicaciones más o menos comprensivas o satisfactorias en la identificación de una aberración religiosa así, habrá que identificarla como una peste de nuestro tiempo, presta siempre a golpear, más allá de su cubículo cultural, tanto contra los cristianos en donde éstos estuvieron siempre; en sus asentamientos desde el último tercio del Siglo XIX, con la colonización europea del Continente africano, y contra el mundo occidental, construidos sobre los cimientos del cristianismo. Especialmente en todo cuanto corresponde a los derechos humanos.