Lula: un adiós mixto de hasta luego

Hay cosas que en principio nada parece que tengan que ver entre sí y que, sin embargo, pueden y acaso deban explicarse recíprocamente. Por ejemplo, eso de Río de Janeiro, con miles y miles de brasileños congregados en el “sambódromo”, para despedir al presidente Lula. Un presidente que abandona el poder por imperativo constitucional – el del número limitado de mandatos – encontrándose en lo alto de la aprobación popular: con más de un 80 por ciento de aceptación por parte de los encuestados. Espectáculo, sino único en la crónica de la política, sí de nada sólita frecuencia.

El asunto tiene en sí mismo materia para muchas reflexiones, pero no es esa la perspectiva que suscita este comentario, pese al atractivo que tiene por esa dicha singularidad: rara avis compuesta por la mezcla de la épica con la política. Aunque es otra cosa la que puede venir mejor al pelo. Me refiero a esa reiterada querencia al regreso al poder donde el poder es electivo y genéricamente democrático; algo que se da no sólo en el ámbito iberoamericano, pues el putinismo ruso es muestra mayor de este tipo de querencia “cratofílica” – de querencia enfermiza hacia el poder – a que se refería el maestro Ortega.

Es práctica o propósito, eso de continuar a todo trance en la poltrona, que se ha dado en tiempo muy reciente dentro del hemisferio hispánico. Fue el primero en esta época, el teniente coronel Chávez que gobierna Venezuela desde las urnas luego de haberlo intentado desde las armas, con su fracasado intento de golpe de Estado. Bajo el palio de su proclama de una revolución bolivariana, consiguió Chávez modificar la Constitución para ampliar el tiempo de su permanencia en el poder; alterando sustancialmente de tal manera el principio democrático de la alternancia.

Le siguió en ese mismo propósito el hondureño Manuel Zelaya, que había llegado a la presidencia de su país con los votos y como candidato de la derecha, empeñado – y sufragado con el petróleo y otros oros menos negros de Venezuela – en repetir la maniobra chavista de cambiar la Constitución para dinamitar los límites mayores a la ampliación del número de los mandatos presidenciales. Sobre esto no puede decirse eso de que “ya sabemos cómo acabó”, porque el tema sigue vivo y coleando, como se ha demostrado en la Cumbre Iberoamericana de Buenos Aires; donde se vetó la asistencia del presidente Lobo, elegido en los comicios libres, internacionalmente supervisados, que se celebraron en Honduras tras de la destitución de Zelaya por el Parlamento y por el Tribunal Supremo.

En la misma nación anfitriona de esta Cumbre Iberoamericana se encontraba en curso una operación política de continuismo estructural en el poder, pero con otra variante: la de interpolación presidencial. En la línea del modelo putinista, aunque no interpolando a un amigo llamado Medvédev, sino a la propia esposa, Cristina Fernández. El difunto Néstor Kirchner seguía mandando en Argentina cuando le vino a llamar La Parca, como J.M.Serrat hubiera dicho. De tal forma se vadeó la barrera constitucional y esa concreta facción del peronismo siguió en el mando pilotada por el mismo personaje. Que habría vuelto a caciquear en directo por donde Argentina ha perdido lo rumbos, si el reiterado infarto no se lo hubiera llevado con los pies por delante, abriendo con ello un capítulo adicional al espiritismo político de su patria.

Y aquí llegamos y cerramos el comentario que merece la media promesa de Lula de optar de nuevo a la presidencia de Brasil cuando expiren los mandatos de Dilma Roussef, la presidenta actual, por la que apostó en la campaña como si lo estuviera haciendo por sí mismo.

Vladimir Putin, por la derecha, abrió en la práctica política un camino o fórmula para la perpetuación discontinua en la dirección política de un país, mientras que en Iberoamérica esa navegación se ha seguido por las izquierdas. Pero, en todo caso, lo que queda claro es que al esquivarse de tan sesgada manera el principio de alternancia en el poder, la democracia de las libertades padece y se resquebraja. Son las opciones ideológicas las que se eternizan en el mando, de forma personal o bipersonal. Tanto da.