Pato a la pekinesa para Cuba

En La Habana, y como exordio del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, el presidente Raúl Castro ha hecho el pregón de los cambios que vienen en el sistema económico de la isla. Cambios que no son pocos, pero cuyo remate – puede saberse aun si será rabo o cabeza – está por ver y no será fácil de adivinar. Los enunciados aportados por el hermano chico del mandamás retranqueado – menos locuaz que de costumbre en esta segunda fase de su repliegue – componen una autocrítica que no deja de ser sorprendente, por su calado y por la confusión desplegada a lo ancho de toda ella.

Cuando los errores confesados afectan a la médula misma del régimen en general, y muy especialmente al propio socialismo como referente primordial del asunto, resulta difícil adivinar el por dónde van los tiros de verdad en la mutación del sistema castrista.

Cómo puede casarse, cabe preguntarse, eso de renunciar o desechar lo que ha definido el sistema revolucionario cubano a los largo de su medio siglo de vida para salvar ese mismo sistema, del que dice Raúl Castro que ha sido mal entendido, interpretado y aplicado. No podía ser de otra manera. Lo que no se puede entender, interpretar ni aplicar es que sólo sirve para quienes quieren entenderlo, interpretarlo y aplicarlo a su manera…  Las soluciones sin debate, propias de las dictaduras sistémicas, son y siempre han sido, en el mejor de los casos, loterías sin premio en las que al hombre de la calle  no le cabe otro remedio que jugar.

Lo que queda sentado tras de lo dicho por Raúl Castro, especialmente eso de las generaciones sacrificadas al servicio de la Revolución, es que las penalidades sin cuento sufridas para nada por el pueblo cubano habrían de encontrar sentido y compensación con la apertura de un cambio constituyente, puesto en la mano de ese mismo pueblo. O sea, justo lo contrario de eso que ha planteado el jefe del Estado: el debate encauzado a través de ese VI Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Si los cinco congresos precedentes sólo han servido para la institucionalización de los errores en nombre de la Revolución, ¿por qué este que viene ahora habría de servir para lo contrario de lo que valieron los otros? ¿Por qué insistir en eso del socialismo cuando es algo que los cubanos todos no han podido entender ni alcanzar al cabo de cincuenta años? El más grande de los absurdos y el más grave de los errores, en el caso de que éste lo fuera y no estuviéramos en el debate de otra cosa, es el de perseverar en la contumacia: insistir en el error. Ese no confesar que el fracaso es insuperable.

Y antes aun que eso, por imperativo moral, se debería renunciar a repetir el fracaso. Lo que en verdad se demanda es la apertura al cambio político. No tendrá la grandeza ese VI Congreso del Partido Comunista de Cuba de declarar su fracaso, que no su error porque siempre supieron qué hacían, y abrir la puertas al cambio político en vez de sólo  al cambio económico, como si este segundo Castro fuera el Deng Shiao Ping de las Antillas y pretendiera ir al establecimiento del doble modelo. Como si el pueblo cubano estuviera pidiendo que le sirvieran pato a la pequinesa.