No es la economía, es la política

Que el Senado de Washington haya aprobado prorrogar las rebajas fiscales establecidas durante la presidencia de George W. Bush, como consecuencia de la derrota parlamentaria sufrida por los demócratas en los comicios nacionales del pasado noviembre, explica con elocuencia el calado de ese desenlace electoral. La rectificación es doble. De una parte, el presidente Obama, por vía de pactos y para evitar desdoros programáticos mayores, hace suya una ideología tributaria de muy rancia estirpe en Partido Republicano estadounidense, y de otra – a la espera de lo que esa medida pueda traducirse en las cuentas de la recuperación económica – vendría a significar rectificación casi explícita a otro anterior huésped de la Casa Blanca, el coleccionista de satisfacciones orales por las penumbras en el Despacho Oval.

Podría decirse ahora, en efecto, que “no es economía, es la política…” la clave del misterio que se ventila. Tomada nota que han sido senadores republicanos quienes han impuesto la rebaja de la presión fiscal, tanto para las rentas más altas como para las demás, también debe anotarse que ha salido de la misma mano política de la conformidad con la prórroga, por 13 meses más, para los parados de larga duración. Algo que viene a aclarar a muchos que la caverna no está representada por quienes imponen rebajas fiscales.

También hay que reparar en la inversión del paradigma clintoniano sobre el primado de la economía para explicar o determinar los discursos de la política. Cabe exactamente lo contrario con lo sucedido durante el doble ciclo de Ronald Reagan, primero en California, donde ejerció como gobernador, y luego en Washington, donde desempeñó dos presidencias. Tomando el mando político como banco de pruebas, verificó Reagan cómo la famosa curva de Laffer, en la que se expresa cómo la presión fiscal a partir de un determinado punto de aumento desemboca en una recaudación decreciente, era la curva de la razón.

De ahí, junto con las aportaciones teóricas de Milton Fridman, surgió la “revolución conservadora”, con la Economía de Oferta, que permitió la salida de la crisis de los años 70, provocada por el derrumbe de la keynesiana Economía de Demanda, tras de la caída del correspondiente modelo, ocasionado por el tremendo impacto en los costes de producción que supuso el impacto de los precios del petróleo decididos por la OPEP en 1973, a la salida de la guerra del Ramadán.

Falta por ver ahora si el componente de giro en política económica propio del pacto entre demócratas y republicanos, qué incidencia final va a tener en la gestión de la crisis presente, donde no ha sido la explosión de los precios de la energía la causa desencadenante – aunque en estos momentos concurran esos precios como dificultad añadida para la salida -, sino la trivialización de los costes del dinero como base de la burbuja inmobiliaria, que se anudó en el cuello de tantos bancos. En todo caso, lo apuntado al principio. Probablemente sea la política el factor clave en el problema. La economía resultaría de la variable dependiente del acierto o el error de los gobernantes. No hay que mirar a Estados Unidos. La prueba la tenemos en casa.