Tres días de maniobras

Sobre el papel será hoy el tercer y último días de las maniobras navales en el Mar Amarillo, sin que hasta el momento hay saltado chispa alguna en el cuadro de tensión creado por las tronantes amenazas del régimen de Pyongyang. De momento, paz en la guerra (técnico-formal), tensión geopolítica del más alto nivel en el Pacífico occidental y urgencias diplomáticas de la más alta presión por parte de China.

Vale más para Pekín, según parece, la continuidad de las brillantes relaciones económicas con Seúl que la posible apariencia de declive en su “auctoritas” regional, ante la determinación norteamericana de preservar la suya con la esgrima táctica de la VII Flota, cubriendo las espaldas de Corea del Sur, fidelísimo aliado desde la crisis de 1950, cuando fue puño de hierro de Corea del Sur en nombre de la legalidad internacional, y a resultas de la pifia diplomática de la URSS: ausente de la sesión del Consejo de Seguridad en que se decidió la respuesta a la invasión de Corea del Sur por parte de Corea del Norte, catapultada por el doble impulso de Stalin y de Mao.

Parece como si la crisis de ahora, relanzada con el bombardeo norcoreano de la isla de Yeonpyeong, al igual que el grave incidente anterior, cuando, en el 26 de marzo último, un torpedo del norte partió en dos la corbeta surcoreana “Cheonan”, dando muerte a los 46 marinos que llevaba a bordo; parece, digo, como si los norcoreanos, en este compás de recambio por sucesión dinástica en el trono tiránico, hayan decidido cruzarse en el camino de la reconversión histórica de Pekín con Seúl – signada poco menos que como voluntad cierta de alianza para la cooperación económica -; una reconversión semejante a la que aconteció con Estados Unidos, cuando Nixon y Kissinguer iniciaron con aquella diplomacia del ping pong un ciclo de relaciones, que arrancaban entonces desde el punto cero, y que luego, con el cambio interno aportado por Den Xiao Ping desembocó en el vigente capitalismo de Estado, tan distinto del soviético, que está siendo el motor de la enorme eclosión económica de aquel sistema nuevo, de centralismo político y libertad de mercado.

La hipótesis de que tal haya podido ser el propósito norcoreano, podría apoyarse en la propia realidad de la miseria económica en que vive sumida la población al norte de aquella línea de armisticio convenida en 1953. Desde la firma de aquel alto el fuego, no ha podido ser más opuesta la evolución de uno y otro régimen, el norcoreano y el chino, partiendo del mismo enunciado leninista de la “dialéctica de las situaciones concretas”. Arrancando de ese mismo paradigma ideológico de cabecera, China va camino de constituirse en potencia económica de cabecera en el mundo de la economía globalizada, mientras Corea del Norte queda en espantosa potencia famélica montada sobre la bomba atómica.

No faltan argumentos para montar la teoría de que Pekín y Pyongyang siguen en la misma órbita que siempre estuvieron, pero que ahora, al desplazarse en sentido opuesto uno del otro, han convertido la suya en una órbita de colisión. De colisión, al menos, en lo tocante a los intereses respectivos. Desde ahí cabe pensar que China insista en el relanzamiento de la negociación a seis (Corea del Norte y Corea del Sur, Estados Unidos, Rusia, Japón y la propia China): instancia que opere como aliviadero y, en todo caso, como recurso para ir ganando tiempo y, entre tanto, vaya drenándose la tensión relanzada por los coreanos con el bombardeo de la isla de Yeonpyeong, meses después del torpedeo de la corbeta “Cheonan“.