Simulada democracia enturbantada

Sólo desde la perturbadora ocurrencia de la Alianza de Civilizaciones – a falta de otras claves que precisarían referencias tipo Wikileaks, signos variablemente inconfesables – cabe entender ese estado de amnistía en que vive la relación de Rodríguez Zapatero con el sultán de Rabat. Amnistía para cosas que son tan de no recibo como las brutalidades etnicidas perpetradas en El Aaiún por el empeño imperialista de la dinastía alauí: digamos las cosas por su nombre. Imperialistas por su terco batallar contra la ley internacional. Ese Derecho de gentes que tutela el derecho de unas tribus que son nación y que llegaban a la independencia, de la mano española que la asumía.

Todo comenzó cuando Hassan II, aprovechando que los vientos de la Guerra Fría soplaban sobre el Magreb, y bajo la tutela franco-americana, desplegó la Marcha Verde mientras Franco agonizaba. Desapareciendo entonces con el General ese demorado ciclo de la postguerra civil que fue su régimen. Un dispositivo hibernador de la propia normalidad política vigente en Europa desde el fin de la última contienda mundial.

Pero es que desde el largo tiempo transcurrido desde entonces, el Trono jerifiano no ha hecho otra cosa que sostener con los dientes, a sangre y fuego, la presa sahariana. Y lo ha hecho dividiendo el mundo en dos mitades. La de quienes se han opuesto al secuestro nacional saharaui, y la formada por quienes lo aceptan. España estuvo siempre entre los primeros, hasta que Rodríguez Zapatero llegó al poder por una extraña casualidad electoral, precedida por la masacre mora del 11-M.

Y ha ocurrido ahora, tras de la razia sobre el campamento de protesta nacional que se había levantado a 15 leguas de El Aaiún, y luego de las represiones practicadas por policía uniformada y sin uniformar, flanqueada además por colonos marroquíes – con lo que han saltado por los aires los débiles lazos que se habían anudado entre unos y otros al cabo de 35 años-, el simulador de la democracia integrista y paternalista cerró el paso a los periodistas españoles y a testigos de toda condición. Así el mundo quedó ciego y sordo a las represiones practicadas, ilustradas, por si algo faltara, con prácticas de sodomización imperial y toda suerte de violaciones. Lo cual ha tenido después su epílogo en los últimos sucesos de Smara, con choques entre colegiales saharauis y marroquíes.

Pues bien, el fracaso del Gobierno de Rabat, queriendo silenciar el conocimiento y debate de lo sucedido en el Parlamento Europeo – tras el fracaso de su aliado socialista de la Moncloa – ha llevado a que el sultán de Rabat, cargara con movimiento de masas en Casablanca, contra el Partido Popular, atribuyéndole la autoría y promoción del consenso parlamentario de ese Parlamento y acusándole de atentar “contra la integridad territorial de Marruecos”. Miramamolín se ha sentado a la mesa de nuestra política nacional.

La pérdida de papeles por parte de Mohamed VI en la cuestión del Sahara ha llegado hasta el punto de quedar en la más descarada de las evidencias. Su teocracia efectiva ha dejado claro, a ojos del mundo, que lo suyo es una simulación de democracia. Sirvió a su padre para conseguir condiciones preferenciales con la UE. Pero no le vale para deglutir como una boa al pueblo saharaui.