Corea, rumbo a la incógnita

Las lágrimas de cocodrilo norcoreanas, al lamentar las dos bajas civiles ocasionadas por su bombardeo artillero de la isla de Yeonpyeong, prologaban el pasado fin de semana la llegada a las aguas del Mar Amarillo del portaviones nuclear norteamericano “George Washington”, para realizar las maniobras conjuntas con fuerzas de Corea del Sur. “Si Estados Unidos trae finalmente este navío al Mar Occidental de Corea, nadie puede predecir las consecuencias posteriores” – añadía posteriormente la muy compacta tiranía estaliniana, anfitriona de verano para algún polémico prócer en los primeros años de la Transición española. Llegó el portaviones, con 6.000 marines a bordo y casi un centenar de cazabombarderos, escoltado por otros siete de navíos de guerra. Les esperaba un despliegue norcoreano de misiles tierra-aire. Y en torno de ello, mientras tanto, movimientos de lanzadera diplomática entre Pekín y Seúl, y entre Pyongyang y Pekín.

Estamos ante maniobras navales que estaban programadas antes de la crisis desatadas con el bombardeo de marras, por lo que les resulta propia a estos ejercicios militares la condición de respuesta mecánica al desafío que ha supuesto, en aquellas aguas, el segundo incidente grave de este año; incidente precedido por el hundimiento de aquella corbeta surcoreana con 60 marinos a bordo.

Hay que subirse a hombros como los de China, tal que ha hecho Corea del Norte, para esgrimir, en forma de incógnita y/o hipótesis, un desafío de ese porte. Pero, claro está, el problema norcoreano presenta actualmente muchas caras, más allá de los aspectos y contenidos que la cuestión ha venido incorporando en el transcurso de los 60 años transcurridos desde que se firmó el armisticio de 1953; fórmula con la que se cerró la contienda comenzada en 1950, y mediante la cual callaron las armas. Aunque no la guerra como estado jurídico internacional de las cosas. Un estado a cuyo abrigo siguen produciéndose estos incidentes, unos de mayor gravedad y otros de menor porte.

Pero la guerra de Corea, jurídica y objetivamente, sigue en pie. Continúa abierta. Y aunque carece de sentido llorar sobre la leche derramada, resulta obligado asumir la herencia histórica derivada de la destitución del general MacArthur por el presidente Truman, tras negarse éste, frente a lo que proponía aquel, a que se bombardearan las fuentes del río Yalú, para cortar los apoyos chinos, tal como insistía en hacer el vencedor de la guerra del Pacífico. En aquel momento, el problema de Corea era un asunto en estadio constituyente, formándose aún y sin cristalizar todavía. Ahora es un embrollo consolidado y cristalizado a beneficio de China. Que tiene al régimen norcoreano como perro guardián de un espacio geopolítico de primera importancia en aquella área crítica del Pacífico.

Al propio tiempo, guarda China un cierto estatus de relación simbiótica, en lo financiero, con Estados Unidos por la ingente cantidad de dólares que atesora y mantiene acumulados; tantos que si alzara compuertas de ese embalse monetario, inundaría, por depreciación del billete verde, el mercado mundial de productos norteamericanos así abaratados, en perjuicio de la propia competitividad de los suyos propios. Tan apoyada como está la competitividad china por los sostenidos bajos niveles del yuan.

En síntesis, nada tiene que ver la China de ahora con aquella otra del Mao primordial. Y nada hará el régimen norcoreano más allá de lo incidental, que no le permitan practicar sus padrinos de Pekín. Éstos tienen la coartada en el rollo de la negociación de sus programas atómicos; negociación que oficia de válvula de escape y de vía por la que drenar las crispaciones, enfriar conflictos, como este originado por el bombardeo de Yeonpyeong, y mantener entretenidos, junto a los propios norteamericanos y a los rusos, a japoneses, surcoreanos y a los propios chinos.

Convengamos, de momento, que la incógnita del Mar Amarillo anida en la esfinge de Pekín.