Cómo responder a Corea del Norte

La identificación como civiles de dos de las víctimas mortales ocasionadas por el ataque norcoreano a la isla surcoreana de Yeongpyeong, junto a los dos soldados muertos también por las andanadas de artillería, que cuestionan la estabilidad en aquella parte de Asia, ponen marco a la danza diplomática que, a estas horas, busca los términos más adecuados para la posición internacionalmente concertada.

Mientras parece imponerse la idea – norteamericana – de que la respuesta sea “moderada” y de base común, también parece que pasa incuestionablemente por Pekín la referencia principal sobre este particular, en medida muy por encima del peso que pueda tener en el asunto norcoreano la posición rusa. De momento, sin embargo, todo discurre por los cauces de ritual. Un portaviones norteamericano se dirige a la zona de disputa, para maniobras conjuntas con la Marina surcoreana, con la no descartable participación japonesa, entre otras razones porque el Gobierno nipón se ha expresado en términos casi idénticos, más que solo próximos, en el tono reactivo frente a la última burrada norcoreana.

También es de observar que las versiones de Seúl sobre el bombardeo de la isla surcoreana, experimentaron una variación muy significativa desde lo dicho en las primeras versiones a lo manifestado después, cuando desde Seúl se añadió la precisión, primeramente omitida, de que fueron ellos, los surcoreanos, quienes primero dispararon, aunque no en dirección hacia donde se encontrarían las líneas norcoreanas, sino en sentido opuesto.

Pero si bien es cierto, tal como se dice, que la primera víctima de toda guerra es la verdad – y las dos Coreas se encuentran aún, técnicamente, en estado de guerra -, verdad es también que Corea del Norte, en cuya historia no existió nunca otro sistema que la cultura estalinista, a la hora de este tipo de declaraciones, su Gobierno miente más que habla. Así, cuando en el pasado marzo los norcoreanos hundieron la corbeta surcoreana matando a los 46 hombres que componían la dotación, juraron y perjuraron que ellos no habían sido los causantes de la explosión que partió en dos aquel navío de guerra. Y en la misma negación siguieron luego de que una comisión internacional encontrara en el fondo del mar, junto a los restos del barco, los residuos del torpedo con sus inscripciones de identificación.

Parece imponerse ahora la idea de que el detonante de las andanadas artilleras contra la isla de Yeongpyeong no ha sido otro que el de las maniobras navales en el Mar Amarillo, a las que ahora se incorpora el portaviones “USS George Washington” desde la base naval de Yokusaka, situada al sur de Tokio, al tiempo que Estados Unidos moviliza parte de los 26.000 soldados que tiene permanentemente en Corea del Sur. La situación es fluida en grado muy notable. El ajuste de la disuasión militar activada por Seúl y Washington frente a Pyongyang, discurre paralelo con el despliegue de la presión diplomática –primordial – sobre el Gobierno de Pekín. Tutor limitado y amparo suficiente para ese superviviente, esquizofrénico y dinástico, de la Guerra Fría.