Sin tregua en el Mar Amarillo

No se gana para sobresaltos con la dictadura estalinista de Corea del Norte. Cuando menos se espera salta la liebre. Unas veces, como en el pasado mes de marzo, en forma de torpedo que parte en dos una corbeta surcoreana y se lleva al fondo del mar la entera dotación de 46 hombres de que constaba. Otras, como ha sido el caso de ahora, con una andanada artillera de 50 disparos sobre la isla de Yeonpyeong, en el espacio marítimo limítrofe situado en el Mar Amarillo. Dos muertos, numerosos heridos, ingentes destrozos, bosques en llamas…

Esos disparos tuvieron su réplica armada y su condena política, con llamamientos a la calma para que el lío no se extravase. Y todo ello con notoria incomodidad para Rusia y para China, los únicos valedores internacionales que tiene el régimen de Pyongyang, que se encuentra en vísperas sucesorias – dentro del sistema de dictaduras hereditarias en que es tan prolífico el universo carente de libertades – y en los preparativos de otra ronda para negociar el desarme atómico.

Unos preparativos que día atrás incluían la revelación de que Corea del Norte dispone de cantidades ingentes de centrifugadoras de uranio, igual que las de Irán pero muchas más, presumiblemente destinadas a la obtención de niveles de enriquecimiento del mineral radiactivo que le permita construir bombas atómicas distintas de las que actualmente dispone, elaboradas con plutonio, igual que aquellas que fabricaba la URSS durante la Guerra Fría en la central de Chernóbil con fuerte economía de costes, como el ahorro de las estructuras de contención exteriores (equivalente en números al 40 por ciento en el presupuesto de cada central), concebidas para evitar que ocurriera lo que ocurrió en aquella central de Ucrania, con la eyección a la atmósfera de grandes cantidades de material radiactivo, y conseguir lo que se consiguió en la central norteamericana de la isla de las Tres Millas, que con un accidente semejante no sucediera nada fuera de las instalaciones.

Pero a lo que íbamos con Corea. Las partes concernidas en la disputa de aguas territoriales tras la delimitación de las respectivas partes hecha por Naciones Unidas en 1953, con el armisticio, la Corea con capital en Pyongyang y la Corea con capital en Seúl, se encuentran en estado técnico de guerra (como lo están todavía Israel y Siria tras de la de l973, llamada del Ramadán o del Yom Kipur), no habiéndose firmado todavía la paz porque continúan sin resolverse las disputas territoriales en lo referente a ciertos límites fronterizos en el mar. En ese contexto se produjo en marzo el hundimiento de la corbeta, lo mismo que el grave incidente de ahora.

Más allá de las hipótesis que se apliquen a explicar este suceso, como el del torpedazo de marzo, lo que parece estar claro es que el régimen de Pyongyang no admite la legitimidad de la ONU como fuente de obligaciones internacionales y definidora de fronteras, porque la ONU fue armada y militarmente dirigida por Estados Unidos en la guerra de 1950-1953, al replicarse con las armas, por resolución del Consejo de Seguridad, a la invasión que los norcoreanos hicieron de Corea del Sur tras de cruzar el Paralelo 38, que es la línea divisoria entre los dos Estados. El delegado soviético, con su ausencia en la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, hizo posible que éste diera el mandato a Norteamérica para pararle los pies a Stalin, que había ordenado, con el estallido de la Guerra Fría, la invasión norcoreana.

Como sostienen algunos historiadores, la Política es Historia presente y la Historia Política pasada. Pues eso.