Réquiem por la Guerra Fría

Se ha oficiado en Lisboa. Tomemos los españoles nota. Ha hecho ahora la OTAN allí lo que hizo antes, en diciembre de 2007, la Unión Europea: suscribir un acta con pretensiones de Historia. Pero ha sido en este caso, con la apertura a Rusia, tanto como el acta solemne de defunción de un ciclo epocal, el de la Guerra Fría. Universo de tensiones que arrancó al poco de acabar la Segunda Guerra Mundial.

Fue es periodo todo un cúmulo de choques, entre las dos superpotencias, que cundieron fuera del escenario definido por el espacio de la primera Alianza Atlántica. Un pacto defensivo atenido al propósito de contención de la URSS en el Viejo Continente, allí donde la SGM hizo correr la sangre de las europas. Pero más allá de ese ámbito, y del norteamericano, la Guerra Fría fue un caudaloso y profuso manantial de conflictos calientes por todo el resto del ancho mundo.

En Asia con choques como el de Vietnam, el de la invasión soviética de Afganistán, además de las tres guerras de Israel con los árabes. En las Américas, después de la caída de Cuba en el castrismo soviético, cundieron guerras de guerrillas y las réplicas a éstas con dictaduras militares.

Y en África, con guerras como la de Angola y el golpe comunista en Etiopía; el choque argelino-marroquí de l963, después continuado indirectamente con el apoyo de Argelia al Frente POLISARIO en la guerra del Sahara que acabó hace 16 años. Que se podría reanudar ahora, tal como los polisarios amenazan tras las represiones jerifianas en El Aaiún contra los saharauis y el bloqueo a las opciones alternativas contenidas en el llamado Plan Baker; alternativas que incluyen, como se sabe, la independencia saharaui a través del ejercicio de la autodeterminación.

Esta actualidad del Sahara Occidental como problema, brotado en el último compás de la Guerra Fría, opera como una nota de pie de página en la necrológica lisboeta sobre la defunción de ésta. Nota en la que, de manera implícita, se señala que el tiempo de las exequias de ésta se corresponde con la modalidad de funeral de “corpore insepulto”, con lo que no tiene nada de extraño que todo huela rematadamente mal…

Aunque la Guerra Fría murió de causa histórica por la caída del Muro de Berlín, la historia de su causa quedó inconclusa. De cuerpo presente está, sobre el mármol helado de la crónica que recoge el tronco de la Edad Contemporánea. Faltan cosas aun para que se dé como asunto concluido, pese a que los padres que la trajeron al mundo hayan evolucionado en términos que no resultaban imaginables cuando el muro berlinés se vino abajo. Impensable resultaba de por sí el que norteamericanos y rusos pasaran de la condición de enemigos a la de adversarios; pero el salto de esta última condición al estatus de socio, que es lo propuesto en la Cumbre atlántica de Lisboa por la OTAN, resultaba inverosímil. Rigurosamente increíble, por más que la aceptación rusa, por boca del presidente Medvédev, esté envuelta en reservas de boca prieta – tan propia del nacional-putinismo imperante en el Kremlin de ahora.

Para el presidente Obama, todo puede quedarse en un nuevo resbalón de grave cotización electoral. Tal como acaba de suceder al saberse que el trato suave con Corea del Norte sólo ha llevado a que esta dictadura comunista aflore su posesión de ingentes cantidades de centrifugadoras para enriquecer uranio, mientras que entre las reservas rusas a la oferta de asociación, pueda anidar el patrocinio de otro apoyo argelino a un incendio militar en el Sahara por causa de ese “Gran Marruecos”, destilado en los alambiques nacionalistas del Istiqlal que el sultán jerifiano tiene por Gobierno. Alambiques que en Rabat son como las centrifugadoras de uranio en Pyongyang.

Aunque también deba advertirse que si el apoyo de la CIA a la Marcha Verde pudo explicarse por las exigencias geopolíticas de entonces, el empecinamiento marroquí contra los saharauis cuando se echa tierra a ese pasado muerto, carece de explicación por el problema que supone para la legalidad internacional, soporte de la paz. También al Istiqlal le podían inhumar, como a la Guerra Fría, con unas cuantas paladas de realismo, actualidad histórica y buena vecindad geográfica.