El “no” de Talibani a la ejecución de Aziz

Puede ser del mayor relieve para el futuro de Iraq después de la guerra, la negativa de Jalal Talibani, el kurdo que desempeña la presidencia del Iraq actual, a endosar con su firma la condena a muerte con que el Tribunal Supremo del país sentenció a Tareq Aziz, el cristiano asirio vicepresidente del régimen de Sadam Hussein, en el curso de los procesos a que han sido sometidas las jerarquías del mismo, una vez terminada la contienda. Tras el anuncio hecho por Talabani de su negativa, con la exposición de las razones en que la fundamenta, queda aún pendiente de saber cuál será la decisión que adopten el Primer ministro, Nuri al Maliki, y el presidente del Parlamento, Ossama al Nujeifi. Pero la lógica del procedimiento lleva a pensar que sea cual sea la postura que tomen éstos, Tareq Aziz se habrá salvado de la horca.

Más allá de las razones aducidas por Talibani – principalmente, la condición cristiana del condenado y su avanzada edad, aparte de los concretos contenidos de sus funciones y poderes dentro de la dictadura baasista, proyectados a la relación exterior -, habría de considerarse también el eco que tendría en el interior de Iraq, e internacionalmente, la ejecución de un cristiano de relevancia política en el pasado iraquí, dentro del contexto del reciente asesinato, por las bandas de Al Qaeda, de otros cuarenta y tantos de ellos, hace unos días, en la catedral católica de Bagdad y durante la celebración de la eucaristía.

Desde una perspectiva suprapartidaria que le honra como jefe del Estado, Jalal Talibani, como kurdo y como suní, se ha puesto por encima de los sectarismos étnicos y religiosos, a los que normalmente gravita la ínfima cohesión nacional propia de una sociedad a la que se embutió dentro de un Estado de nueva planta, al principio de los años 30 del pasado del pasado siglo, por el hecho de que en Kirkuk apareció el petróleo, y tal era la fórmula por lo visto más conveniente para explotarlo dentro de un formato de teórica estabilidad jurídico-política en el orden internacional.

El déficit de cohesión interna en Iraq ha sido, por todo ello, una constante en la historia de ese espacio mesopotámico, y a resultas de lo mismo la estabilidad política fue imposible en la práctica. La tutela angloamericana de la monarquía hachemí permitió el sostenimiento de las libertades políticas formales; pero el golpe de Estado del general Kassem, que derrocó la monarquía, dio al traste con aquel remedo neocolonial de democracia y abrió una dinámica de golpes de Estado en que se fueron sucediendo etapas autoritarias que desembocaron finalmente, en el periodo dictatorial de los Takriti. Culminado con el régimen baasista de Sadam Hussein.

Todos esos capítulos de poder absoluto aportaron la estabilidad política y social que cabe dentro de todo caparazón o coraza aplicado sobre cualquier diversidad o conjunto de factores diferenciales desavenidos entre sí y en conflicto permanente, como ha sido, en lo político y en lo religioso, la tensión mayoritaria entre árabes suníes y árabes chiíes. Tras la debelación militar el caparazón autoritario del Baas de Sadam renacieron los choques y desencuentros entre una y otra secta, agravados además por la irrupción terrorista de Al Qaeda.

Ocho meses se ha tardado en formar Gobierno desde las elecciones iraquíes del pasado marzo, lo que ilustra sobre lo laborioso y difícil, casi imposible, que resulta la normalidad democrática allí, entre el Éufrates y el Tigris. Todo ello ilustra bastante sobre la relevancia del veto de Talibani a que se cuelgue a Tarik Aziz. Ese veto a la horca es una apuesta por la paz.