Una muerte desestabilizadora

La muerte de Néstor Kirchner, un peronista de la izquierda integrada en los montoneros durante el asalto plural de las izquierdas revolucionarias al poder, suceso que alentó la confusión ideológica desatada por el regreso de Juan Domingo Perón en 1973 desde su exilio en Madrid, ha tenido una intensa y lógica repercusión en todo el ámbito hispanoamericano. Lógica porque en la actualidad desempeñaba la secretaría general de UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), lo que identifica la resonancia hemisférica del óbito, dado que en el desempeño de esa responsabilidad realizó una intensa acción mediadora ante los últimos conflictos y ante las reiteradas tensiones regionales que se han producido en los últimos tiempos, tales como los momentos críticos habidos entre Colombia y Venezuela y Colombia con Ecuador, o en la dilatada y aun no extinta tensión causada por la crisis hondureña, tras la destitución cívico-militar del entonces presidente Manuel Zelaya.

Desde esa perspectiva, la desaparición del ex presidente argentino abre una brecha importante, puesto que los problemas regionales en los que medió siguen todavía abiertos, de una u otra manera. Pero donde más incide esa visita de la muerte al hospital de la ciudad sureña de Calafate, allá en la Patagonia argentina, es en el inmediato futuro de la República del Plata.

Su presidencia formal y efectiva del país abarcó desde el 2003 al 2007, año éste en que fue “sucedido” electoralmente por su mujer, Cristina Fernández. Se estableció con ello un arco de continuidad política entre “sus” dos presidencias: la primera, formal y efectiva; y la segunda, efectiva como la primera aunque rigurosamente informal, porque el mandatario era y es Cristina, la madre de sus hijos.

Caso de que la Constitución argentina hubiera permitido más de dos mandatos presidenciales, formal y realmente, el muerto de Calafate habría sido el presidente y no sólo el ex presidente, quien en la segunda fase de su poder, aparte de su secretaría general de UNASUR, sólo desempeñó oficialmente como marido de la presidenta.

Esa solución argentina a los límites constitucionales de la presidencia de la república es similar a la establecida en Rusia con el putinismo. Vladimir Putin promovió la candidatura de su amigo Dimitri Medvédev, quien una vez elegido designó a Putin su primer ministro. Y lo probable es que tras su segura reelección en 1012 vuelva a nombrar a Vladimir, y en 2020 regrese Putin al Kremlin. De ocurrir algún imprevisto, así funcionará la relojería constitucional y política de la Federación Rusa, y posiblemente sea así porque la rusa es una democracia gobernada, con resortes bastantes para que la alternancia preceptiva sólo se cumpla en términos teórico-formales.

Pero en Argentina no caben las mismas certezas e idéntica fiabilidad en los cálculos. De algún modo muy sensible se advierte ya sobre la Casa Rosada la sombra de un vacío o de un déficit funcional de poder. Los hilos se los lleva el difunto a la tumba. Puede ocurrir, sin embargo, que la sombra no sea de un vacío sino la de una incógnita. La incógnita y la pregunta sobre cuales son las capacidades reales de la viuda por partida doble.