Represión y corrupción sobre los saharauis

¿Qué queda de aquel verde de la Marcha Verde (el color del Islam) que interrumpió la descolonización del Sahara que España había comenzado ya y que Argelia – que también tenía sus propios planes, para sacar tajada en forma de salida al mar para el hierro de sus minas de Tinduf – torpedeaba con el Frente Polisario, contra España, como agente interpuesto?

De todo aquel barullo de hace 35 años, en el que Marruecos proamericano se adelantó a la Argelia prosoviética, sólo queda muy poco en la memoria de los españoles. Solamente las referencias confusas y las manipulaciones interesadas en presentar la tragedia de los saharauis como pueblo, en una versión de guerra entre buenos y malos según vengan los mensajes de Rabat o de Argel. Aunque lo cierto, a estas alturas, sea que Argel está pechando con la interesada carga de sostener en su territorio a buena parte del pueblo exiliado por la avaricia marroquí. Avaricia a la que no asiste razón alguna porque el Tribunal Internacional de La Haya resolvió, de acuerdo con la tesis española, que el Imperio Jerifiano carecía de cualquier clase de título histórico sobre los saharauis y sobre las riquezas que contiene la tierra de los saharauis.

Si algún día prevaleciera la justicia internacional y a los saharauis se les reconociera la independencia, entraría en lo posible que éstos dieran paso libre a que Argelia sacara a la cercana costa atlántica el hierro de Tinduf, lo que les reportaría buenos derechos de peaje, como apoyo primario quizá para una colaboración económica de primera magnitud centrada en la explotación de los fosfatos – estimados como primer yacimiento del mundo – y de las bolsas de petróleo, ya detectadas pero todavía sin explotar, tanto en tierra firme como en sus aguas atlánticas.

Ese incalculable fondo de riquezas que atesora el subsuelo de lo que fue el Sahara español explica, por otro lado, tanto la tenacidad como la brutalidad marroquíes en no soltar la presa conseguida con la Marcha Verde. En una situación de estricta precariedad internacional, sin base jurídica y sin otro soporte político que el compartido interés de norteamericanos y franceses en las riquezas saharianas, al Gobierno marroquí se le hacen los dedos huéspedes ante el menor incidente que se produzca en El Aaiún. Y cuando el incidente no es ciertamente menor, sino de la enjundia de esa acampada de 20.000 saharauis a menos de 20 kilómetros de la capital del territorio, se disparan todos los descontroles de la brutalidad colonial bendecida por el Comendador de los Creyentes.

Si a todo eso se añade la incompetencia profesional de unos cuadros policiales y militares sin freno ni marcha atrás, se ocasionan carnicerías como la derivada del ametrallamiento de un automóvil familiar con resultado de la muerte de un chico de 14 años y heridas de la mayor gravedad a dos de sus hermanos. ¿Cómo creer, en un contexto así, la versión oficial marroquí de que los disparos propios fueron en respuesta a otros que se habían hecho desde el vehículo ametrallado?

Sólo faltaba para la mejor comprensión de un cuadro así, la medida tomada por el Gobierno jerifiano de cortar el paso a los siete periodistas españoles que iban a volar a El Aaiún para informar sobre lo que allí está pasando, puesto que ya ha trascendido la información sobre nuevos saharauis heridos a manos de las mismas fuerzas de seguridad, mientras la situación deriva y se encamina por otros derroteros, en los que sustancian manipulaciones gubernativas tales como los intentos de incorporar a los 20.000 de las jaimas instaladas en Gdeim Izi para protestar por la preterición y abandono en que se encuentran por parte de Rabat, otros contingentes en los que se encuentran, entremezclados, colonos marroquíes y saharauis que se pasaron al invasor, como el representante que Mohamed VI envía a Madrid.

Compone como escenario el Sahara Occidental una de las pruebas más dramáticas de la acendrada inutilidad resolutiva de la ONU, algo que aporta su color al papelón de Christopher Roos, su enviado especial a la zona, cuyo mandato se agota ahora mismo y que lleva, de regreso a Nueva York, el acuerdo para unas enésimas negociaciones entre el Gobierno de Marruecos y representantes del Frente Polisario. No sería de descartar que de tales contactos salga nombrado embajador de Marruecos en cualquier nuevo lugar otro saharaui del Polisario. Especialidad acreditada de la corte de Rabat es la compra de interlocutores, a más precio cuanto más molestos. Sean políticos, informadores u opinadores.