Se encrespa la batalla electoral brasileña

Pondera la expresión “menos da una piedra” el poco rendimiento de algo que se hizo con un propósito determinado, normalmente el de obtener cierto provecho o ventaja. Pero hay ocasiones en que el objeto empleado agresivamente, de forma arrojadiza, genera muchos más resultados de los que se esperaba, bien que en sentido opuesto a lo pretendido o previsto. Ha sido el caso del golpe asestado en la cabeza de José Serra, el candidato a la presidencia de Brasil por el partido socialdemócrata, el PSDE, durante un mitin electoral en la ciudad de Río de Janeiro. No se sabe a ciencia cierta cual fue el objeto empleado en la agresión que por prescripción médica interrumpió por unas horas la campaña de Sierra, hasta que se identificaran por la correspondiente analítica, las lesiones que le han podido ser ocasionadas.

Por el contrario, sí cabe identificar los alcances potenciales que el suceso puede tener en los resultados de la campaña misma; alcances a favor de los socialdemócratas y en contra del Partido de los Trabajadores, al que pertenecían las escuadras de activistas desde las que se hizo el lanzamiento que impactó en la testa del candidato. El hecho promete ser fecundo en repercusiones, dado que los daños ocasionados más relevantes puede que no sean los del agredido sino los que venga a padecer el partido de los agresores; es decir, el de Dilma Rousseff, la ex guerrillera y aspirante a suceder a Lula en la presidencia de de Brasil.

Las acusaciones de corrupción y tráfico de influencias – causa de la dimisión de una ministra que ocupó la misma cartera desempeñada por la candidata del lulismo – han sido el combustible en el que ha prendido la llama de la violencia electoral, haciéndolo con una intensidad que el actual jefe de Estado de Brasil califica de una de las “más violentas y sucias” de los últimos tiempos. Incuestionable parece, en todo caso, que la agresión sufrida por José Serra será de coste sensiblemente elevado para la candidata del Partido de los Trabajadores.

Esa fuerza que conducida por Lula en las dos últimas legislaturas, supo propiciar las condiciones de continuidad en una política económica y social que ha permitido en Brasil la ampliación de las clases medias, soporte necesario de toda democracia parlamentaria. Serán el sector electoral que traduzca en las urnas la condena y el castigo de suceso tan significativo.

Se trata de hecho de violencia acontecido en un cuadro de clara indeterminación. Se oscurece la probabilidad de que Dilma Rousseff revalidara su ventaja de más de 14 puntos obtenidos en la primera vuelta. Pero la incógnita mayor reside en saber hacia donde bascularán mayoritariamente los votos del Partido Verde de Marina Silva, votos que en la primera ronda totalizaron el 19,6 por ciento de los emitidos. Silva, que procede originariamente de las filas del Partido de los Trabajadores, ha dejado a sus seguidores libertad de voto. Esquiva así el compromiso de asumir un arbitraje entre las candidaturas de Dilma Rousseff y José Serra.

Otro factor que eventualmente puede restarle votos a la opción continuista en el lulismo, a la vista del escándalo que ha supuesto la agresión de Río de Janeiro al candidato socialdemócrata, puede ser la proximidad diplomática al chavismo mostrada por Lula en la cuestión todavía abierta de la destitución hondureña del presidente Zelaya, al que Brasil cedió la sede de su embajada en Tegucigalpa como soporte de su exilio interno en Honduras.

La violencia electoral registrada en Río de Janeiro es un dato sociológicamente emparentado con el populismo de izquierda representado por el movimiento de Hugo Chávez. Una especie de tercermundismo político que no corresponde ciertamente a los arquetipos por los que se orienta el moderno Brasil, resultado de la continuidad entre las políticas económicas y sociales del presidente socialdemócrata Fernando H. Cardoso, con el que colaboró José Serra, y de Lula de Silva, promotor de la candidatura de Dilma Rousseff.