Francia, al límite de la sedición

La probable intervención de la internacional anti-sistema en la protesta social francesa contra el retraso en dos años de la edad de jubilación – presente en los pasados disturbios de Atenas, detectada en Barcelona el 29 de septiembre, cuando la huelga general -, sumada a la sensible parálisis de los transportes, lograda con la parada de las refinerías y el bloqueo de los depósitos de carburante, ha creado un cuadro inquietantemente parejo con la sedición: “Alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público o la disciplina militar, sin llegar a la gravedad de la rebelión” – tal es el modo como el diccionario de la RAE define tal estado de cosas.

Ha sido en ese mismo límite donde el presidente Sarkozy ha ordenado el desbloqueo de todos los depósitos de combustible. Orden que el jefe del Estado ha justificado en términos ejemplarmente claros, luego de insistir en las razones que han llevado a su Gobierno a legislar un modestísimo retraso anual en el acceso a la edad de jubilación El derecho de huelga, como todos los demás derechos, tiene sus límites, también en la democracia. “Hay límites que no deben franquearse y mi deber – ha proclamado el jefe del Estado – es garantizar el respeto del orden republicano al servicio de todos los franceses”.

La manifiesta claridad de ideas imperante en la cultura política de Francia, y también en su cultura general, hace posible que llegue a la diana nacional la comprensión de las equiparaciones entre las cuestiones vitales, como son en este caso los transportes, y una “libertad fundamental” que se corresponde con el derecho de cada uno a disponer permanentemente de los accesos a su propia cotidianidad, moviéndose, desplazándose, desde su hogar a su trabajo o a sus ocios …

Volviendo a la idea de que la normalidad (que se altera sostenidamente por la repercusión de los paros en el funcionamiento de los transportes, tanto públicos como privados) es tanto como el contenido de un derecho fundamental, ha podido decir Sarkozy en su mensaje a la nación, que “estos desórdenes penalizan al mismo tiempo a los franceses más vulnerables y aquellos cuya responsabilidad es garantizar las misiones de seguridad y salud, al servicio del bien común…”

Leía la información sobre las razones manifestadas por Sarkozy, que ha puesto el dedo en la llaga sobre la sostenibilidad mínima, precaria, y recordaba qué fueron en Madrid los paros en el Metro, con el desafío añadido y el propósito declarado de parar la ciudad. Posiblemente sea el derecho de huelga el menos absoluto de todos los derechos, desde el momento en que pueda llevarse al extremo de quebrar el orden público, muy especialmente en el caso de que la materia afectada por los paros sea el transporte público. Los llamados “servicios mínimos” se convierten demasiadas veces en algo que se queda entre la ficción y la entelequia, tal como ocurrió en la referida huelga soportada por los madrileños.

Volviendo, en fin, al asunto que ha llevado a Francia a esta situación. Aventuro que Sarkozy le gana el pulso a los sindicatos y a las izquierdas todas que han hecho un “casus belli” de la reforma de la edad de jubilación. El desafío de poner razón a las mayorías sociales sobre los cambios que demanda la propia sostenibilidad del sistema de pensiones y de la suficiencia de las mismas, ha sido de tal magnitud que este pulso presidencial va a definir en Francia un antes y un después, para propios y extraños.