Enigmas de Pakistán con Al Qaeda

En las mismas horas en que servicios de Inteligencia occidentales se reiteran en advertencias de alarma sobre eventuales e inminentes actuaciones del terrorismo islamista en Europa, un alto mando militar de la OTAN que ha reservado su identidad, ha declarado a la CNN que tanto Osama Ben Laden como su lugarteniente Ayman al Zavahiri, se encuentran en Pakistán, inmersos en una sólida seguridad personal dentro de la región montañosa paquistaní de Chitral, cerca de la frontera con China y el valle de Kurram, pegada a la región afgana de Bora Bora. No se encuentran, según la referida y anónima fuente, en cuevas como las que habitaban cuando fueron bombardeados sin éxito años atrás, sino instalados en sendas casas, rodeados de patanes adictos, encajados en estructuras de prevención organizada y servida por una concreta línea de los servicios secretos paquistaníes.

Acaso porque el pasado, tantas y tantas veces, no puede borrarse o ser enterrado, esas concomitancias de la Inteligencia militar paquistaní con el mundo talibán durante la guerra de éste contra la ocupación soviética de Afganistán, continúa generando corrientes de empatía y colaboración una década después de que acabara el conflicto aquel, en el que la URSS consumió su último resuello. Unas corrientes que no se sabe hasta qué punto se desencuadran espontáneamente del todo respecto del esquema de seguridad del Estado, o si por el contrario corresponden a este mismo esquema. El islamismo como energía de fondo en el propio Estado, en tanto que cemento constitutivo del mismo, resulta inseparable o no prescindible en cuantas formulaciones se hagan con el exterior, de alianza política o de estrategia militar.

Se entiende sin mayor dificultad. Lo musulmán es el rasgo fundante del mismo Estado paquistaní, como soporte de una nación indostánica que encontró en el legado de Mahoma su razón de ser y su clave diferencial con el otro Estado indostánico, tras de la emancipación del Imperio Británico.

Posiblemente desde la constatación de estas realidades, en las que se originan o enredan sucesos tan notables como los atentados terroristas de Bombay, en noviembre de 2008, se articularon las suspicacias del Gobierno de la India respecto de la eventual relación de los servicios secretos paquistaníes con el comando suicida que cometió aquella enorme fechoría, con resultado de 183 muertes y más de 300 heridos. El entronque con Cachemira de parte de los asesinos que integraron el comando aquel, venía a certificar la genética islámica de episodio tan brutal y sangriento. O sea, la misma genética que determina una estructura de ambigüedad permanente en la definición paquistaní sobre el fenómeno talibán y en torno Al Qaeda, cuando se solicita del Gobierno de Islamabad su colaboración imprescindible contra el terrorismo islámico en la guerra de Afganistán. Cuando esta colaboración fue contra los soviéticos, la cosa funcionó de modo inmejorable, porque iba a favor de corriente. Pero ahora sucede al revés.

Es esa niebla de ambigüedad sistémica y constitutiva de la conducta política de Pakistán ante el terrorismo islámico lo que, en cierto modo, envuelve en seguridades permanentes la pervivencia allí del jefe de Al Qaeda, el yemení Osama Ben Laden, y de su lugarteniente, el egipcio Aiman al Zawahiri. Al Gobierno de Islamabad podrá pedírselo todo la Administración norteamericana. Todo menos que salte sobre su propia sombra.