Brasil: sarampión en las urnas del domingo

Al presidente brasileño Lula le ha estallado ante las urnas del domingo el rebrote de su izquierdismo originario. La andanada presidencial contra los grandes medios de la Prensa, por airear ante los votantes los escándalos de corrupción focalizados en el ministerio de Erenica Guerra, la Casa Civil (equivalente al de la Presidencia), ha traído como rebote, en la réplica periodística de la revista “Veja”, la acusación/diagnóstico de la incompatibilidad del PT (Partido de los Trabajadores) con la libertad de Prensa, que en su portada califica de “atacada” por el jefe del Estado.

La situación no es nueva. En las elecciones precedentes de 2006 los medios pusieron sobra la mesa historias semejantes de corrupción, imputadas también al PT, formación política evolucionada desde la radicalidad originaria a la templada ejecutoria presidencial de Lula de Silva, que para lo económico, en su primer mandato fue capaz de instrumentar la continuidad con la ejecutoria precedente del socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, que embridó la política económica hasta encajarla con las exigencias del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. Conforme los parámetros que han permitido el relanzamiento de la economía brasileña y la configuración del país – con India, Rusia y China – como potencias económicas emergidas, y demandantes por ello, especialmente India y el propio Brasil, del correspondiente correlato político internacional.

Pero dicho esto, y en lo correspondiente al Lula ya camino del panteón de los políticos ilustres de la gran nación iberoamericana, se debe señalar esa apuntada involución a las esencias izquierdistas originarias; en el plano de la política interior brasileña, con pronunciamientos autoritarios, “mussolinianos”, según su predecesor Cardoso, al pedir la supresión del partido de la derecha, denunciador de la corrupción.

Aunque también ha virado sobre el plano de la política exterior brasileña; en una vertiente, con la apertura a la colaboración diplomática con la República Islámica de Irán, del brazo de la islamista y polémica ejecutoria del Gobierno de Recip Erdogán. Y orientada en lo interno al desanclaje institucional turco del laicismo que acabó con el califato otomano y apostó por el establecimiento de la democracia política bajo la tutela política arbitral del poder militar; mientras que en política exterior, el socio turco de Lula actúa como interlocutor privilegiado de Teherán.

Y en otra vertiente de enorme repercusión hemisférica, en el escenario de la política iberoamericana, es de notar la aflorada proximidad de percepciones de Lula con la deriva radical del chavismo venezolano, y sus satélites regionales, y con montonerismo subrepticio del matrimonio que desde la Casa Rosada conduce a no se sabe dónde la política argentina, que es más de plomo que propiamente argentina.

A estas claves de sintonía con los Gobiernos de Buenos Aires y Caracas imputan órganos periodísticos brasileños la reacción de Lula contra la libertad de Prensa, desde la polémica montada por haber informado sobre la corrupción esta vez en el departamento con Erenice Guerra, como en 2006 ocurrió con José Dirceu, lo que ha mermado la intención de voto favorable a la candidata del PT, Dilma Roussef, y favorecido, consecuentemente, al candidato socialdemócrata José Serra.

Más allá de la incidencia que acabe teniendo todo esto sobre los resultados electorales del domingo en la gran democracia brasileña, conviene reparar en la existencia real de una presión desde los Estados contra la libertad de expresión, al margen de los casos flagrantes de la Venezuela chavista contra los medios adversos en Prensa, TV y Radio, y de la Argentina kirchneriana contra las cabeceras del Grupo Clarín, por haberse éste opuesto, en su momento, a la rebatiña fiscal confiscatoria con la que el Gobierno quiso arramblar con las ganancias de los agricultores en un ejercicio donde se dieron la mano una cosecha excelente de leguminosas y cereales con una excelente demanda internacional de los mismos.

Es de esperar que las opciones de la opinión libre prevalezcan en la fuerza política que aflore como vencedora en las recalentadas urnas del domingo. Fuerza que tendrá ante sí la tarea de embridar la deuda pública brasileña, merecedora, desde sus actuales niveles, de la renovada inquietud en el FMI.