Palanquean Utrecht

Al mismo Gobierno que le hacen con la extorsión institucionalizada de los sindicatos una huelga general, por parecida causa a la que se la hicieron a los Gobiernos que cursaban en 1985, l988, l994 y 2002, le están los británicos palanqueando el Tratado de Utrecht, que no es otra cosa que el histórico Estatuto colonial de Gibraltar. Y lo palanquean de forma sistemática desde que practica, a partir de las primeras de cambio, una diplomacia de almoneda. Una almoneda para la liquidación a precios de risa intereses propios de las constantes españolas en política exterior. O sea, aquellas posiciones definitorias de las raíces estructurales de las viejas naciones fundadoras de Europa; tanto respecto de terceros como de ellas mismas entre sí, como es el caso del Reino Unido de la Gran Bretaña. Que se quedó con el Peñón después de llegar como aliada e una de las partes en el más ruinoso pleito dinástico padecido en nuestra Historia.

Al mismo personaje que se le ocurre, para la rechifla del universo mundo, eso de la “alianza de civilizaciones”, le sobrevino la ocurrencia de enviar al ministro Moratinos a visitar el Peñón Gibraltar, como si éste fuera tierra extranjera, para así solemnizar el dislate de regalar a los llanitos (lo de “llanitos” no es un insulto sino una precisión, porque los gibraltareños de verdad fueron expulsados con la ocupación) la condición procesal de parte, homologándoles con la que corresponde a los signatarios del Tratado de Utrecht, que son España y el Reino Unido de Gran Bretaña.

A partir de esa dejación de fondo, la desdoblada parte opuesta en el problema gibraltareño, ha pasado poco menos que de inmediato a perder las formas en el discreto y exigible mantenimiento del “status quo” colonial, sólo abierto a la negociación política y a lo que cupiera esperar, en buena lid, de la compartida condición de miembros de la Alianza Atlántica y de la Unión Europea.

Pérdida de formas es que los británicos hayan entrado en una sistemática de demostraciones hostiles, como el disparar contra nuestros colores nacionales en las boyas marinas y el obstruir las prácticas de represión del contrabando realizadas por las lanchas patrulleras de la Guardia Civil, cruzándose las propias de la administración colonial de la plaza, con lo que éstas se injieren y violan un espacio que es español, en tanto que el Tratado de Utrecht no reconoce como aguas coloniales otras que las del puerto gibraltareño.

Esta última violación británica de la soberanía marítima española ha venido precedida, sin embargo, tal como recordará el lector, por otra acción de desprecio de nuestra integridad territorial, que fue la entrada de la policía británica, tal como la hace cada día Pedro por su casa, es decir sin dar cuentas ni pedir permiso a nadie, en un domicilio de la provincia de Cádiz para rescatar unas joyas que habían sido robadas, durante un atraco, en una joyería del Peñón.

Se trata por tanto de hechos limitados en su porte cuantitativo o material, pero de importancia absolutamente significativa por su cualitativa gravedad. Síntoma cada uno de ellos del síndrome de desprecio, de falta de respeto absoluta al Gobierno que representa a la Nación española. Eso no ocurriría si nuestra política exterior fuera simplemente otra, atenida, identificada y reconocida como normalmente defensora de los intereses nacionales. Esos a los que se deben y definen las constantes diplomáticas de las democracias europeas.