Francia, a cara o cruz con Al Qaeda

Todo depende de la información. De la disponibilidad de los datos necesarios sobre el espacio en que se encuentran los terroristas islámicos con sus siete rehenes conseguidos en sus casas de Níger, dentro de su lugar de trabajo en la empresa nuclear Areva, que explota el mismo uranio que los servicios norteamericanos de información dijeron un día había comprado Sadam Hussein para fabricar esa su bomba atómica que nunca existió.

En cuanto la información esté, la fuerza militar francesa, con la mauritana, caerá como una lluvia de fuego sobre los asesinos islámicos que tienen en su poder a cinco franceses y dos africanos, uno de Togo y otro de Madagascar, trabajadores como los galos en la misma empresa, convengamos en llamar “nigerina” porque “nigeriana” no cabe. Nigeria es una potencia petrolera sometida a todas las corrosiones que produce el oro negro donde no existe el código moral que pone cosas y conductas en su sitio. Y Níger, con más uranio que ningún otro, es el país más pobre del planeta.

El error cometido en la operación militar anterior, cuando se quiso liberar al finalmente degollado Michael Germanau, y dio muerte a siete de los canallas de Al Qaeda, es un error que el Gobierno francés no quiere ni puede volver a repetir. Además se parte de la consideración preferente de que esta vez los bandidos de Alá no van a pedir rescate alguno sino a cumplir la amenaza que expresaron en su día, tras la eliminación de siete de los suyos durante el fallido intento de rescatar a Germaneau. El haberse llevado tantos rehenes como cofrades suyos murieron entonces, prefigura el desenlace en que piensan y pueden ya tener decidido. El ojo por ojo puede ser lo resuelto. Existe la alta y estremecedora probabilidad de que lo encuentren los soldados franceses sean los cuerpos de los secuestrados, acaso decapitados también.

Tal hipótesis no es motivo para disminuir la precisión y el acierto que se pretende por la inteligencia militar francesa. El éxito ideal sería el rescate de los siete secuestrados y, de ser factible, la eliminación de los bandidos. Pero si la resultante no es esa, hay que asegurar en todo caso la captura, vivos o muertos, de estos piratas islámicos del Sahel. Amarrar una cosa y la otra merecen el mismo esfuerzo de precisión e idéntico nivel de contundencia. No cabe renunciar en modo alguno al efecto ejemplarizante de una operación en la que el mundo entero puede tener puestos los ojos en los próximos días o en las horas inmediatas.

A Francia, estando en la línea que está, no le cabe hacer otra cosa que seguírsela jugando. La partida ya no se libra sólo en las estepas y pedregales del Sahel sino también en cualquier lugar emblemático de París o en trenes de cercanías y el Metro, como sucedió en Madrid y ocurrió en Londres. Operativamente, el terrorismo islámico y cualquier otro terrorismo son como ubicuos.

Sí. Desde el primer momento, desde aquel yate secuestrado en el Índico por los piratas somalíes, el Gobierno francés ha ido por derecho contra toda idea de transacción o pacto con los secuestradores, fuera en el mar o en el Sahel. Y en ello no ha dejado de estar. Otro tanto han hecho los británicos. En el otro lado hemos estado españoles, italianos y austriacos.