Qué ha pasado en Suecia

La polémica puede estar servida, abierta la discusión sobre si lo más importante entre lo habido en las elecciones suecas del domingo ha sido la consolidación liberal-conservadora (49 por ciento de los votos) frente al modelo histórico de la socialdemocracia o bloque progresista (43 por ciento de los sufragios), puesto que el centroderecha repetía victoria y aumentaba el triunfo logrado en las elecciones anteriores; o si lo relevante de verdad ha sido la entrada de la derecha extrema (Demócratas Suecos) en el Parlamento de Estocolmo.

No es cuestión académica aunque pueda parecerlo, puesto que una cosa y la otra son síndromes cruzados, expresiones complementarias de un mismo estado general de las cosas, en las que se mezclan el cansancio y el recelo. Si la victoria repetida del centroderecha en estos últimos comicios resulta de la aplicación de un recetario económico, político y social distinto del recetario socialdemócrata, la irrupción de los Demócratas Suecos en el Parlamento de Estocolmo, al rebasar el 4 por ciento de los votos precisos para ello, proviene de unas consecuencias demográficas e históricos a resultas del “Estado de Bienestar”; consecuencias decantadas en las últimas décadas, entre el medio y el largo plazo.

El efecto llamada de ese modelo social y económico (creado por la socialdemocracia y otros recetarios semejantes, aunque de fuentes ideológicas y políticas bien distintas, que van desde el sindicalismo británico y el anarquismo hasta la política social del franquismo); un efecto operado en los entornos de Europa alimentado también por el reflujo del hecho colonial francés y británico. A lo que hay que añadir como circunstancias propiciadoras de la inmigración masiva, la expansión económica detonada por el Plan Marshall y las integraciones sucesivas de Europa, en lo económico primero y en lo político después, a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX.

Esa sedimentación demográfica asiática y norteafricana, revuelta en los acarreos culturales, especialmente en el en el espacio musulmán, ha desembocado en fermentaciones culturales de inmediato impacto político con progresiva repercusión en los posicionamientos globales. A lo habido en Alemania con el escandalosos análisis de Sarracín, un economista de filiación socialdemócrata, estableciendo la hipótesis de un proceso de desintegración nacional, se suman procesos reactivos como el de Francia contra el burka y el yiqab, en tanto que prendas femeninas expresivas de una confesión religiosa en estado de militancia y desafío, o como la reacción, además de francesa, italiana y austriaca contra las etnias gitanas instaladas en la precariedad y la marginalidad social, como inasumibles bolsas estadísticas de delincuencia.

Este cuadro de desasosiego social, especialmente localizado en el estrato de las clases medias, abre una brecha desestabilizadora de los equilibrios sociales y políticos por la que se quieren colar tanto los residuos del racismo histórico, como los populismos étnicos y frente a lo cual se oponen mayoritariamente los partidos de derecha y de centro, aunque también gentes de izquierda, como el aludido Sarracin, a quienes los esquemas montados sobre referentes marxistas empiezan a no servirles para mucho.

Es en ese escenario en el que se ha producido la irrupción de la derecha más dura en el Parlamento sueco, a la que no debería tildarse sin más de xenófoba y racista, al llevarse 20 escaños del Riksdag, equivalentes al 5,7 por ciento de los votos emitidos. Si es que efectivamente esas cifras, en una sociedad tan equilibrada como la sueca, no corresponden a un populismo de derecha y sí a un bloque de voto específicamente racista, es que la reacción etnicista expresa un estado de alarma mucho amplio de lo que se pensaba

Más claro es el signo de la victoria electoral del centroderecha de Alianza para Suecia, apoyado en un acierto económico que este año será del 4,5 por ciento tal como se calcula, conseguido con recetas neoliberales de ortodoxia en el gasto público y reducción de impuestos. Y expresado además como sostenido propósito de recorte del Estado de Bienestar.

Pero en cualquier caso, ambas cosas están en la base misma del cambio europeo en lo político, lo económico y lo cultural, entendido esto último, conforme Spranger, como forma de vida.