En las dos orillas

Nos es sólo la vis expansiva, la tendencia y propensión permanente del hecho colonial de Gibraltar, lo que explicaría de modo suficiente, satisfactorio, del hecho insólito de que la policía británica haya penetrado, por su cuenta, sin pedir permiso, en el espacio español para la sustanciación de unas pesquisas criminales, allanando un domicilio de la Línea de la Concepción, en pos del botín de un atraco habido en determinada joyería gibraltareña. Hay más que eso.

Son las condiciones de permisividad y condescendencia política en las dos orillas del Estrecho que define al marca de Zapatero y el sellado funcional del ministro Moratinos. Es el sello de esa diplomacia del disimulo, de mirar a otra parte, lo que se hace notar en todas y cada una de las ocasiones en que sobreviene un problema, ahora nuevamente con la autoridad delega por Londres, y tantas veces en estos últimos tiempos, con el Imperio Jerifiano, en los acosos y toda suerte de presiones sobre Melilla y nuestro entero espacio en el norte de África.

Una vez que estos vcinos le han tomado la medida al Gobierno tristemente cursante; aforados que están – ante éstos y toda suerte de interlocutores con España – los caudales de la permisividad, la tolerancia y la transigencia, los síntomas de la falta de consideración y de respeto, ahora mismo se suceden una vez y otra por parte del interlocutor mogrebí como por parte de la Administración gibraltareña.

 La acumulación de síntomas se traduce en la consolidación del síndrome de la desconsideración y del irrespeto internacionales. Los incidentes se reiteran en los más diversos escenarios ahora en la relación con Marruecos y en la abandonada carpeta de Gibraltar. A la tabarra marroquí de Melilla sólo podían faltarle los sucesos centrados en el hecho colonial del Peñón, de explicitud cada vez más ofensiva.

 Desde ejercicios de tiro de la marinería británica sobre los colores de España en las boyas que señalan los límites de las aguas jurisdiccionales, a la detención de guardiaciviles por supuesta infracción de límites por los mismos en el contexto de actuaciones policiales sobre el contrabando que parasita desde el Peñón al Fisco español, toda una serie de hechos ofensivo se han producido, justamente,  partir de la bajada de pantalones que supuso el cambio diplomático introducido por este Gobierno en la política sobre Gibraltar, con la concesión a los gibraltareños de la condición de parte en el pleito; funcionalmente homologada con la que corresponde a los británicos y a los propios españoles.

Esa dejación tan sustantiva de los propios derechos, irresponsabilidad tan profunda, tuvo bochornoso ornato protocolario con la visita que el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, hizo al Peñón para asistir a la primera de las sesiones de la “célula de reflexión” concedida a Londres – preludio quizá de otra a Rabat -, con que se enmarcaba, cabe decir, la más alta cota de concesiones políticas formales nunca hechas por España desde la implantación el hecho colonial de Gibraltar.

Que ahora se haya protestado enérgicamente  por el desprecio policial británico a la soberanía española en el resto de la provincia de Cádiz, es cosa de la misma condición, por estricto paralelismo, que el arrimo de cebada al rabo del burro muerto.