El trigémino de miramamolín

Para más explicaciones, programas de mano. Juan Pablo de Laiglesia, secretario de Estado de Asuntos Exteriores, recibía ayer instrucciones del ministro Moratinos para que su igual en la Administración jerifiana le diera explicaciones suficientes sobre lo ocurrido en El Aaiún, capital del que fue Sahara Occidental, cuando activistas españoles participaban en una protesta de los saharauis contra el secuestro de su soberanía por parte de Marruecos. Que insiste en convertirla en una Autonomía integrada en el Imperio Jerifiano.

Invitados por los dueños legítimos del territorio en trance de anexión los 14 españoles involucrados en los sucesos de la nueva borrasca entre Rabat y Madrid, y contra lo que ha dicho Elena Valenciano, la secretaria de Relaciones Exteriores del PSOE (en síntesis, que la Policía marroquí ha reprimido a nuestros compatriotas como la nuestra hubiera reprimido la presencia de extranjeros en una manifestación contra los intereses de España), los saharauis que convidaron tenían más derecho a ello que los marroquíes opuestos a la invitación. Éstos no estaban en su casa pero sí los saharauis. Conforme el más auténtico fondo del asunto, esto es lo que realmente ha ocurrido.

En consecuencia, las bofetadas, golpes y demás sevicias – como obligar a los invitados a besar la bandera de Marruecos – de la gendarmería marroquí, que siempre se viste de paisano cuando se trata de algún roce con España, como ocurrió cuando “invadieron” el islote de Perejil, son cosas que se explican por si mismas. El tema del Sahara es tanto como el motor que genera estas borrascas en la relación entre Rabat y Madrid, puesto que en la práctica de cada uno de estos episodios lo que realmente sucede es que la herencia recibida por Mohamed VI de su difunto padre, Hassan II, tras de la Marcha Verde sobre el Sahara, es herencia que el rey actual insiste en recibir e incorporar a su patrimonio histórico, resistiéndose a reconocer al propio tiempo que es una herencia envenenada. Pero no sólo eso.

Pretende que la diplomacia española pague la cama, es decir, que renuncie a la victoria jurídica que alcanzó en el Tribunal Internacional de La Haya, al obtener de éste antes de la invasión el reconocimiento de que el único titular histórico de la soberanía sobre ese territorio es la nación saharaui. Una soberanía ejercida, a través de los siglos, de forma estante por una parte de sus pobladores y de forma trashumante por otra porción de los mismos. Nunca el sultán de Marruecos dispuso de autoridad sobre estas gentes. No valiendo como práctica de subsanación el nombramiento como embajador en Madrid de un desertor de las huestes polisarias, dado que Rabat, al contrario que Roma, sí paga traidores.

Tal es la última vaselina con la que Marruecos quiso introducir su pretensión por las angostas entendederas del profeta de la Alianza de Civilizaciones. Que ayer se pronunciaba desde China por una “diplomacia inteligente y sensata” con nuestro vecino de abajo. Es lo más cierto también que cada vez que pulsa la irremontable cuestión del Sahara de una manera u otra, también de una u otra manera, resuenan los atabales rabatíes y las chirimías del Majzen a las puertas de Ceuta y de Melilla.

Dicho de otra manera, cuando por una cosa u otra se agita la evidencia de que el Sahara no es anexionable por Marruecos, ello se traduce en un pinzamiento del trigémino del Sultán. Y la irritación de Miramamolín no se calma, ciertamente, con las cataplasmas de obsecuencia que le envías su devoto de la Moncloa.