Las fiebres soberanas del sultán

Y sigue la cuenta de los roces y las fricciones hispano-marroquíes como sostenido contrapunto a la excelencia que define la relación entre Rabat y Madrid. En el revuelto cajón de la vecindad se mezclan las churras con las merinas. Ayer fue en Melilla la crisis que nunca existió y hoy ha sido el incidente en El Aaiun, con la detención de 14 españoles por participar en una manifestación prosaharaui, luego de ser golpeados por policías sin uniforme y constreñidos a besar la bandera de Marruecos.

Ninguna relación hay entre una y otra historia, entre ambas materias o cuestiones, de no ser los malos tratos, de los que acusó Marruecos a la policía española en los sucesos de Melilla y de los que se quejan los españoles en la capital del antiguo Sahara Occidental. Lo de Melilla responde a la vieja impertinencia de Rabat sobre la ciudad y sobre la de Ceuta. Y lo de El Aaiun deriva de un pleito de Marruecos con los saharauis, cuya descolonización interrumpió Hassan II con la Marcha Verde, en el otoño de 1975.

En este punto aprieta Rabat para que España se avenga a sus pretensiones soberanas respecto del territorio, que el régimen integrista sobre el que está montado el Imperio Jerifiano insiste en deglutir como espacio soberano propio, ignorando para ello el hecho de que la soberanía corresponde al pueblo saharaui. Esa deglución del Sahara Occidental, interrumpida con el bocado atascado en la garganta desde hace 35 años, terminó por generarle infecciones que son las causantes de lo que pueden llamarse, casi con precisión clínica, fiebres soberanas.

Tales fiebrones, como todos los síndromes de su género, suelen dispararse en los atardeceres de la política producidos por la irrupción de problemas de naturaleza doméstica. Y la respuesta, una vez y otra es, como bien se sabe, el relanzamiento puntual de las tensiones con España, aunque ello suponga incurrir en la contradicción del alboroto con un interlocutor para el que se encuentra establecido que las relaciones son “excelentes”…

Conviene a este respecto el reparar en una observación semántica. La marcha aquella sobre el Sahara que Hassan II calificó de “verde”, apuntando quizá a que se entendiera  casi como un brote de pacifismo ecologista, lo que en realidad hacía era calificar  de islámica la marcha aquella, puesto que el verde es el color del Islam. Las cosas, como son y como fueron; también como siguen siendo.

El integrismo que articula el sistema del Comendador de los Creyentes. La monarquía es de una singular plasticidad de significados y posibilidades. No sólo integra la absoluta posibilidad de reunir en su absoluta mano la religión y la política sino que subarticula la política interior del sultanato con la política exterior en lo que toca a los supuestos temas pendientes – de soberanía – con la democracia española. Una realidad, la España constitucional, con la que necesariamente limita. Y lo hace en el espacio, con Ceuta, Melilla y sus adendas de los peñones; y en el tiempo, con lo históricamente convenido en el acuerdo sobre el Sahara Occidental.  Pacto en el que se convino que España transfería a Marruecos la Administración del territorio, pero no la soberanía. Que correspondía y corresponde al pueblo saharaui, como se había reconocido en el proceso de descolonización principiado en la ONU y frenado por la Marcha Verde.

En apoyo de esa razón, de la ley internacional, se manifestaban los 11 españoles de Canarias, detenidos con violencia y retenidos, en El Aiiun. En fin, otro ataque de fiebre ante la que la diplomacia de ZP no aporta antipirético alguno, pues sólo se queda en las friegas de obsecuente y torpe condescendencia.