¿Qué racismo con los gitanos rumanos?

Ha tenido que ser Francia con sus deportaciones de varia modalidad de gitanos rumanos en su suelo, la que levantara la liebre del escándalo y la esgrima de las suspicacias, durante estos últimos días, en cuyo curso se ha dado publicidad al asunto. Anteriormente, parecidas decisiones del Gobierno de Italia sobre los gitanos de Rumania habían tenido mucho menos eco y repercusión. Y otras naciones de la UE que tienen problemas similares con europeos del Este, gitanos o no, que se mueven por el mismo espacio de la Unión, padecen también parecidos problemas que los sufridos por los franceses. Nuestros vecinos transpirenaicos tienen registrado datos del año pasado que revelan uno tan significativo como que en 2009 la delincuencia gitana de procedencia rumana se incrementó hasta un 138 por ciento.

Con excesiva facilidad se echa mano de la descalificación, con invocaciones contra el racismo, cuando desde los Gobiernos responsables, defensores como corresponde del orden público y la seguridad ciudadana, echan manos de recursos que no son de discriminación racial sino de identificación de la gente, atendiendo menos a lo que son por su origen o por su configuración genética que por lo que hacen y por el perfil de aquello otro que son incapaces de hacer, por absoluta carencia de capacidad para cualquier menester laboral que no sea la mendicidad o la prostitución.

Tan cierto es esto que el Gobierno rumano, que no ha trasmitido protesta alguna ante el de Francia durante los encuentros a nivel ministerial que acaban de tener en París sino que más bien ha aceptado, de la cruz a la raya, el argumento francés de que aplique a la reinserción de esa población romaní en  su propio territorio los fondos aportados por la Unión Europea, para ese y otros fines, y que en el año pasado fueron de 4.000 millones de dólares. Sólo se asignaron 800.

¿Han de ser los países de cabecera de la Unión Europea quienes pechen con la carga económica y social que supone este tipo de migraciones intracomunitarias, o han de ser sus Estados de origen quienes hagan, además de lo que corresponde la atención debida a los propios nacionales, aquello a que obliga la recepción de las ayudas de los fondos europeos? Hablar de racismo por lo que está haciendo Francia y por lo que hace también Italia es algo que sólo cabe calificar de pereza moral antes de que vagancia mental a la hora de considerar la realidad de estas cosas.

Pero el problema que plantean estas gentes, y que un Gobierno como el francés en plena conciencia de sus responsabilidades encara como lo ha hecho, produce un cierto sentimiento de envidia ante el demostrado nivel de capacidad gestora y de disposición para el debido ejercicio de la autoridad. Con decisión y templanza, lógicas y normales en un país de inmigración. Por eso sabe decir las cosas por su nombre y hacerlas sin complejos.

Son éstos, los complejos ideológicos, los que han bloqueado en estas dos últimas legislaturas la respuesta del Gobierno de Zapatero ante los problemas de delincuencia sobrevenida en España, de gentes arribadas sin filtro ni control, haciendo que se disparen aquí también lo índices de delincuencia. Pero de todos modos hay que considerar asimismo que este asunto de las migraciones internas en la UE es y será durante un tiempo materia y problema en cuarto creciente.