Ofensiva del terror al compás de repliegue

Invadieron sin razón y puede que acaben retirándose sin honor. Si cuando mediaba el mes y la IV Brigada de combate tomaba el camino de Kuwait, Al Qaeda firmaba la muerte de una sesentena de iraquíes y de cientos de heridos, sobrevenía ayer una cadena de atentados con coche bomba en distintas ciudades del país que dejaba medio centenar de muertes y decenas de dañados.

Ese es el pulso que las huestes de Ben Laden y la carcundia feroz del Golfo Pérsico que le financia, echan a Estados Unidos en un momento crítico para su imagen internacional. Esta del Pentágono ahora es una estrategia con los flancos al descubierto, más vulnerable que nunca al suicida islamista. Los norteamericanos, ni pueden seguir ni se pueden marchar de Iraq. Erraron al entrar y ahora, de momento, no tienen margen decoroso para marcharse.

Quienes en estos instantes llevan la iniciativa política de la violencia en Iraq no estaban allí cuando la invasión, como tampoco estaban las armas de destrucción masiva. Es lo  más negro del balance en tan negro disparate. Cuando la invasión en 2003 no había de Al Qaeda, en Iraq, otro vestigio que algunos de sus miembros en las montañas del nordeste, procedentes de Irán y hostigados hasta su plena neutralización por el Ejército iraquí.

Y ahora, cuando la tropa norteamericana de combate se marcha por el camino de Kuwait, todos los espacios sensibles a su acción terrorista están ocupados por la gente de Ben Laden, ocupada en atentar primordialmente contra el proceso de reconstrucción del Ejército iraquí y de las fuerzas de seguridad de un Estado que llegó a desaparecer en el curso de la guerra y luego del planchado post-bélico realizado por la Administración ocupante.

Y ese es el nudo actual de la cuestión. Ni ahora ni cuando se replieguen el resto de los efectivos militares estadounidenses, se habrá cumplido la tarea de montar unos cuadros militares y policiales suficientes, para atender las necesidades de orden y de autodefensa, y para limpiar el país de la presencia terrorista del islamismo. El Iraq de Sadam Hussein, cristalizado en dictadura despiadada contra el chiísmo y en represión permanente del nacionalismo kurdo, era también el bastión del nacionalismo árabe más decididamente opuesto a la alternativa islámica del poder político, fuera éste el de los persas chiíes o fuera el integrismo suní amamantado por los Hermanos Musulmanes de Egipto, que son los progenitores de Al Qaeda.

Tal es lo que era, mientras que ahora son los destructores de la Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, quienes hostigan el repliegue militar norteamericano matando en Iraq a los reclutas de un Estado nuevo, que apenas puede ponerse en pie mientras la nueva clase política lleva sin poder salir del atolladero, para formar el nuevo Gobierno, desde el pasado mes de marzo en que se celebraron las últimas elecciones.

Sólo un  Ejército sin banderas, el de las empresas norteamericanas de seguridad, es de momento la única respuesta que se vislumbra a las interrogantes y demandas iraquíes de que se les provea de los mínimos de orden cuando el repliegue de los soldados se haya cumplido por entero y el presidente Obama pueda blasonar que también él ha cumplido su promesa. La culpa del error y del horror iraquí será de sólo un presidente, pero la responsabilidad por lo que finalmente ha resultado es de los dos presidentes. O sea, de la nación norteamericana.