Procesos encadenados en Oriente Próximo

De las dos maneras de considerar los problemas políticos y militares en Oriente Próximo y Medio, de forma conjunta o de modo aislado, es ahora el primero aquel que más conviene. Aunque sólo sea así por razón del factor que determina a varios de ellos.

La reanudación el 2 de septiembre de las negociaciones entre Israel y los palestinos, que llevan interrumpidas 20 meses, y la anticipada conclusión del repliegue de las fuerzas norteamericanas de combate en Iraq, que se ha efectuado 15 días antes de la fecha anunciada, en el enlace de estos meses, son los dos escenarios y los dos guiones que, ahora como siempre, han estado unidos por el vértice

La concatenación de una cosa y la otra impone la consideración de que por parte norteamericana existe una percepción compartida de las dos cuestiones como pertenecientes a una misma unidad temática, existiendo una relación dialéctica entre ellas. Tal percepción es correcta. Son dos asuntos a los que el presidente Obama otorga  preferencia para su abordaje, por razones muy claras. Ambas, Iraq e Israel, tienen cotización preferente en las gráficas de la opinión pública estadounidense. Y además están afectadas de interdependencia, tanto por lo que significan en sí como por la lectura que se hace de una y otra en términos de política doméstica.

Iraq es para los demócratas asunto arrojadizo contra los republicanos, y los palestinos ante Israel, para negociar la paz y el Estado que los acoja, es materia enormemente combustible en la cocina de la política interna de Estados Unidos. La potencia arbitral del lobby judío es dato de primera magnitud en las Cámaras. Por lo cual qué se haga o se deje de hacer en estos momentos respecto de las negociaciones entre Benjamín Netanyahu, el Primer ministro de Israel, y Abu Mazen, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, tiene toda la importancia del mundo. Especialmente a la vista de la campaña para las elecciones parlamentarias de este otoño.

Si en la cuestión de la retirada de las fuerzas de combate, de la IV División, el presidente Obama no la ha compensado en términos de seguridad más que de manera provisional, con la desviación provisional de este menester de parte de los 56.000 soldados que quedarán en el país hasta fines de 20012 para instruir y formar al nuevo Ejército iraquí – además del futuro despliegue de fuerzas de seguridad privadas -, en el caso de la negociación israelí-palestina, Obama no dispondrá de tanta holgura de movimientos por el referido peso del lobby judío.

Si las consecuencias de la guerra de Iraq no era – hasta cierto punto – cosa de esta Administración demócrata, sino un  problema heredado de la presidencia republicana, el asunto de las negociaciones que se reanudan el día 2 entre Netanyahu y Mahmud Abbas, como fruto de la presión de Obama sobre estos protagonistas, es de una delicadeza extrema. No pudiendo pasarse de la raya en su presión sobre la derecha de Israel ahora gobernante, puesto que de hacerlo, tal como ya ha sido observado, podría pagarlo caro con un debilitamiento de los apoyos parlamentarios demócratas.