Desenlace feliz en un problema insoluble

La liberación de Roque Pascual y Albert Vilalta, los dos rehenes españoles que restaban en manos de los terroristas islámicos operantes en el Sahel, luego de que en marzo soltaran a Alicia Gamez, el tercer componente del grupo, secuestrado en Mauritania el 29 de noviembre del año pasado, es un hecho venturoso. Algo conseguido por la combinación afortunada de una diversidad de factores, unos de tipo económico, formulados en los términos de la sabida extorsión, y otros de naturaleza política, en los que juega decisivamente la atipicidad de las relaciones entre sí de los Gobiernos de la zona, principalmente el de Malí y el de Mauritania en este caso.

Ha sido al parecer la condición suficiente la extradición a Malí de un sujeto, Omar Uld Sid`Ahmed Uld Hame, condenado en Mauritania a 12 años de prisión por haber operado de enlace de los secuestradores, pertenecientes a la llamada Al Qaeda en el Magreb y originarios, en su nivel de dirección, de las células terroristas de Argelia.

El muy grave problema de seguridad que representa esta brotación terrorista en el tercio nor-occidental del Continente africano, con decenas de secuestros en los últimos años que no siempre tienen un desenlace como este de los dos profesionales catalanes, puestos que ha habido historias con desenlace muerte, como la reciente muerte de un ciudadano francés, obliga a replantear con toda seriedad la cuestión de si estas filantropías de los cooperantes es o no es razonablemente viable.

Condiciones de seguridad tan críticas, y en todo caso tan costosas para los Gobiernos de los nacionales concernidos en los secuestros, habrían de aconsejar al menos la suspensión temporal de las onegés en ese escenario africano. La práctica imposibilidad de actuar y responder con la fuerza necesaria, por la dispersión extrema en la que opera esa delincuencia terrorista dentro de vastísimos espacios, origina costes materiales, económicos y políticos que no son asumibles por la desproporción existente entre ellos y los resultados prácticos de esa filantropía.

Los problemas que estas onegés intentan paliar, o la simple atención del mundo que se quiere suscitar, dispone de fórmulas y cauces más adecuados y congruentes con la realidad de las cosas. Tales tareas son para los Gobiernos, sólo eficazmente practicables a la sombra de los Estados y de los organismos internacionales en que éstos articulan su cooperación. Cuando el terrorismo concurre las cosas, fatalmente, pasan a ser de otra manera.

Ahí no cabe el ejercicio de la solidaridad ni como ética ni como estética, porque los costes se hacen ruinosos y los riesgos se vuelven inasumibles. En ciertos niveles y para determinadas condiciones, el terrorismo es siempre un problema insoluble.