La Casa Blanca, trabada con el islam

Lo mismo que al perro flaco todo se le vuelven pulgas, al muy inteligente, voluntarioso y bienintencionado actual presidente de Estados Unidos le crecen los problemas como al desventurado empresario circense al que un día le crecieron los enanos. No es el islamismo problema que haya estallado durante su mandato presidencial, pese a que sea el islamismo clavo ardiente que ha intentado enfriar en distintas ocasiones, fracasando en todas ellas o no obteniendo proporción adecuada entre el gasto personal aplicado y el crédito político obtenido.

Desde la inicial oferta de diálogo al régimen iraní al discurso en la Universidad de El Cairo, faro de la cultura musulmana, no han deparado ni remotamente los frutos y resultados que justificaran la simple oportunidad de tales iniciativas. Y sucede que ahora que al presidente Obama le ha salido poco menos que el tiro por la culata a propósito de la mezquita que los islámicos quieren levantar en la inmediata geografía urbana del 11-S.

Si durante la cena ofrecida en la Casa Blanca con motivo del comienzo del Ramadán, afirmó que los musulmanes, como los seguidores de cualquier otro credo religioso, tienen derecho a construir sus propios templos, hubo de puntualizar después sobre las circunstancias de lugar que en el presente caso concurren en la ciudad de Nueva York, puesto que no da lo mismo un sitio que otro. Que no vale para el concreto caso la aplicación del principio general de respeto a las creencias y sus creyentes o seguidores.

La precisión – que no rectificación – no pudo parar las ondas de rechazo producidas por el golpe de la primera afirmación en la superficie del estanque. Lo que se seguía escuchando era el eco de lo primeramente dicho, algo que no dejaba oír las palabras que ajustaban lo declarado a la voluntad y propósito que lo inspiró. Ahora sucede que el impacto demoscópico, el registro en las encuestas de lo dicho sobre la mezquita de marras ha ocasionado un recorte de brutalidad cierta en la ya enflaquecida imagen presidencial.

Ese 51 por ciento en el nivel de desaprobación a la política del presidente que aporta la última encuesta, no cabe interpretarlo como resultante única del asunto de la mezquita que quieren levantar en Nueva York. Lo propio es entenderlo como efecto añadido a la combinada dosis de otros componentes; principalmente, los resultados aun pobres de su política de recuperación económica, en especial los que conciernen a la creación de empleo.

El asunto de la mezquita cabe entenderlo como el alfa y omega del enredo norteamericano con lo musulmán, en tanto que continente de una vasta multiplicidad de opciones, entre las que figuran los diversos radicalismos religiosos, algunos de los cuales confluyen y se integran en la condición de soportes del terrorismo de Al Qaeda. La resultante de todo es una vasta parábola que se dispara desde los atentados del 11 de septiembre de 2001; sigue con la guerra contra el Afganistán de los talibanes que habían derrotado a los soviéticos con la ayuda de Estados Unidos y la financiación de los petroestados del Golfo, y continúa ahora – luego de la interpolación de la guerra de Iraq, sin nexo causal con ese proceso – con la pretensión musulmana de levantar su mezquita en Nueva York. Se trata de algo más que la pescadilla que se muerde la cola, y que en todo caso certifica lo disparatado de la “alianza de civilizaciones” como propuesta seria más allá de cualquier seminario cultural en unos cursos de verano. Donde más se nota, naturalmente, es en el escaparate del Imperio y en la imagen de su presidente.