La nueva vía de Miramamolín

Que el Gobierno de Marruecos haya convocado al embajador de España por los supuestos malos tratos policiales inferidos a un estudiante marroquí de 28 años, en el contexto de reiterados incidentes en la frontera de Melilla, muchos de los cuales considerados como sucesos de provocación a las autoridades españolas, merece entenderse como la apertura de una relativa nueva vía jerifiana para cuestionar el status español de la ciudad.

Pero, en todo caso, lo que pone de manifiesto todo ello es la ostensible mala fe con que opera nuestro vecino del otro lado del Estrecho. Algo que de suyo expresa a su vez el fracaso estrepitoso de la política seguida con Rabat por el Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero. Lo más notorio, sin embargo, es que nadie debería llamarse a engaño. Desde un principio, Mohamed VI, el actual Comendador de los Creyentes, dejó bien a las claras cuáles son sus puntos de vista en las cuestiones nodales de las relaciones entre Madrid y Rabat.

Cuando la primera vez que el actual presidente del Consejo visitó la Corte rabatí para ser recibido en audiencia por el nuevo Miramamolín, éste le hizo sentar debajo de una gran mapa del imperio jerifiano en el que las ciudades de Ceuta y Melilla aparecían coloreadas con los mismos tonos cromáticos que los espacios y ciudades marroquíes. La obsecuencia de ZP con el hijo de Hasan II recibía de aquella manera  el justo reconocimiento de éste.

De ahí en adelante, todo han sido gestos y actitudes de semejante jaez. Algo que en nada podrían corresponderse con lo que esperaba este huésped de la Moncloa cuyo paradigma nunca ha sido otro que hacer lo opuesto y contrario de aquello que hizo y practicó quien le precedió en el inquilinato de ese palacio durante dos legislaturas. Los logros cosechados en todas las partidas de su agenda de gobierno, sabido es, han corrido éxito parejo a lo obtenido en la relación jerifiana.

Mucho más inocente o trivial que los inducidos incidentes de estos días en Melilla por parte de súbditos marroquíes, fue el desembarco en calzoncillos por el islote Perejil de una exigua punta de gendarmes jerifianos. El islote es punto que pertenece a la línea divisoria y limítrofe de aquello donde empieza un espacio español. La importancia de lo que se hizo por el Ejército, desalojando de un escobazo al pelotón aquel de adelantados, no residía en el valor físico de ese peñasco, sino en la condición de soporte que éste representa.  Como muga delimitatoria que concierne a un espacio de soberanía española.

Las perejiladas de estas últimas semanas en Melilla hay que entenderlas como amojonamiento de los propósitos anexionistas de Miramamolín, quizá obsesionado en remedar sobre nuestras ciudades en el norte de África  la épica paterna de la Marcha Verde sobre el Sahara, que España finalmente administraba en el contexto de un mandato de descolonización emanado de Naciones Unidas. Conforme proceso que Marruecos abortó con la marcha aquella. Otros prodigios de papá le serán más asequibles a Mohamed VI que repetir en Melilla o Ceuta vías con el color del Profeta.