Quito, una cumbre para nada

La petición venezolana de que Colombia retire la denuncia formulada ante la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre la instalación de las Farc en su propio territorio, ha sido rechazada de plano, como no podía ser de otro modo por el Gobierno de del presidente Álvaro Uribe. A la propuesta de Nicolás Maduro, el ministro de Asuntos Exteriores de Hugo Chávez, el titular colombiano de la misma cartera, Jaime Bermudez, ha dicho, como no podía ser menos, que los términos de la denuncia están fundamentados con pruebas.

Néstor Kirchner, presidente consorte de Argentina ,y a su vez presidente la Unión de Países Suramericanos (UNASUR), parece haber sido el inducido autor de tan fantasmal iniciativa. Inducido, lógicamente, desde la misma Caracas que financió en su día la campaña electoral de su esposa, Cristina Fernández. Dando base de tal manera para aquel proyecto, tan insólito en cualquier democracia, de un ejercicio del poder político en régimen de gananciales. Patrimonialmente al menos, para el matrimonio en cuestión, el tal programa resultó todo un éxito, habida cuenta las tasas y progresos de enriquecimiento obtenidos por la pareja inquilina de la Casa Rosada.

Sólo con mimbres de tal condición se podía hacer la cesta política que soporta la iniciativa chavista para desembarazarse de la situación creada con la ocurrencia de desplazar tan numerosos efectivos de la narcoguerrilla al abrigo de sus propias fronteras (unos 1.000 combatientes agrupados en casi 90 campamentos), para ponerlos a salvo de la pactada acción conjunta del Gobierno colombiano y de la Administración norteamericana; apoyado estratégicamente este proyecto, para acabar de una vez con el narcoterrorismo en el uso compartido de siete bases militares. Debió pensar el teniente coronel que rige los destinos de Venezuela que haciendo tal cosa, dándoles cobijo, preservaba a las bandas del narcoterrorismo de los riesgos engendrados por el acuerdo entre Bogotá y Washington.

Huyendo de tal peligro y semejante probabilidad, Chavez se ha creado el mayor compromiso hemisférico de cuantos pudiera botar en su analfabeta demencia revolucionaria. Ante la OEA y en cualquier parte se podrán discutir las ideas y opiniones, pero no los hechos certificados con las pruebas documentales que se aportan a un caso como este. El caudillo bolivariano se metió en la ratonera con la operación hospedaje masivo para las Farc, como si fuera un Mobutu cualquiera acogiendo en su Congo a las extintas huestes del desaparecido Jonás Savimbi, artífice en Angola de una guerra civil de 30 años.

La propuesta del muy verde Nicolás Maduro, y de su presidente y mentor, de que Colombia retire los cargos formulados – ahora ante la OEA y después, probablemente, ante la Corte Penal Internacional -, sólo podía llegar a dónde lo ha hecho. A Colombia no le va a hacer esta Venezuela trastabillada el aquelarre que le montaron a Honduras. No. No por mucho que en esta ocasión, como en aquella otra, ande por medio el asunto de la cocaína que tanto medro dispensó a los socios durante la presidencia de Manuel Zelaya.

Por esa cumbre de Quito se van a despeñar más cosas para el chavismo si continúa la maniobra de diversión que con ella se ha querido montar, desde la agradecida complicidad kirchneriana de ese Néstor a quien ZP, siempre tan informado y al tanto de todo, llamó Ernesto en su primer encuentro.

El propio UNASUR se despeñará por la propia evidencia de que no sirve para otra cosa que para servir al dislate personal y la deriva totalitaria del socialismo bolivariano. Atentos pues a la pantalla.