Claves desveladas por filtración

Se puede hablar de un auténtico tesoro informativo, tanto por lo que desvela en unos casos y en otros confirma o ratifica lo que ya se sabía, sospechaba o barruntaba. Esos 90.000 documentos cuyo contenido ha sido menos difundido que estrictamente aventado por todos los puntos de la rosa de los vientos, ya están constituidos en una referencia obligada para aproximarse a la comprensión del decurso de la guerra de Afganistán.

Si ayer correspondía el foco a las nieblas de los servicios secretos paquistaníes, con su doble y alternativo menester en pro de la Inteligencia militar de la OTAN y en favor de los talibanes resueltos en terroristas, con una doblez tan cabal que merecería, como pájaro heráldico y ave tutelar, en tanto que tótem del voy y vengo, al mismísimo chotacabras o engañapastores. Ese vuelo en el medio crepúsculo al que dedicaba este lunes su artículo mi gentil vecina de columna, Mónica Fernández-Aceytuno.

La canceración terrorista de tan esenciales servicios de Islamabad es dato inseparable de historias tales como el ataque de Bombay, del que mirando – al Pakistán del que partieron los asesinos – todavía no se ha repuesto el Gobierno de la India. Su estado de suspicacia y sospecha sobre el motor último de aquello, subsiste vivo e inamortizable. No es para menos.

Pero si el caso de la doblez paquistaní es algo de muy relativa novedad, pues los episodios se repiten, sí resulta sorprendente, en cambio, lo que esos documentos ahora filtrados refieren sobre el origen argelino de armamento llegado a manos de los talibanes por intermediación de la República Islámica de Irán. ¿Cómo un Estado como el de Argelia, que ha padecido una crudelísima guerra interna con el islamismo, y que ahora encabeza la batalla en el Magreb contra Al Qaeda, pudo involucrarse en un tráfico de armas así, con beneficiarios de ese rango criminal? La explicación no puede ser otra que la de una derivada de la corrupción, endémica y sistémica, de nuestro vecino norteafricano.

Asunto más grave es el del Irán de los ayatolás. Y no sólo por la referida intervención en la remesa de armas argelinas, sino por la directa aportación de armas suyas, fabricadas por su propia industria de guerra, y por su tercería en la conexión norcoreana dentro de este mismo tráfico nutriente del armamento para la insurgencia afgana. La complicidad estructural del régimen iraní en las condiciones internacionales que sostienen a los talibanes, es dato (insuficientemente desautorizado por el presidente Ahmadineyad) de pareja importancia al de la no fiabilidad de Pakistán como aliado de la OTAN en la guerra contra el islamismo.

El juego del factor iraní en el flanco occidental del escenario afgano completa y cierra la inseguridad político-geográfica que en el costado oriental del mismo representa el propio Pakistán. Y no importa el hecho de que Al Qaeda represente el desenlace terrorista del integrismo suní, mientras que el islamismo también integrista de Irán gire sobre el eje del chiísmo. Tal diferencia no implica contradicción en la práctica del conflicto afgano, al igual que tampoco contradice tal diferencia en el seno del mundo islámico dentro del Próximo Oriente, en el caso de Israel y los árabes. El Hezbolá que opera en el sur de Líbano y el movimiento Hamás asentado en la franja de Gaza, uno chií y el otro suní, son beneficiarios iguales del chiísmo de la República Islámica de Irán.

Y a todo lo dicho hay que sumar, en el conjunto de las revelaciones documentales que ahora se comentan, el juego norcoreano con su propio discurso de conflictividad dentro del mundo asiático.